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Fructíferos 31 años de episcopado de Monseñor Ramón Benito De La Rosa y Carpio.

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No me eligieron ustedes a mí, sino que yo les elegí a ustedes, y les he puesto para que vayan y lleven fruto, y su fruto permanezca (Jn 15, 16)

De manos de San Juan Pablo II, fue ordenado obispo Su Excelencia monseñor Ramón Benito de La Rosa y Carpio, un 6 de enero de 1989, Solemnidad de la Manifestación del Señor, ceremonia realizada en la Basílica Papal de San Pedro, Roma. La Iglesia Dominicana se vistió de fiesta con el nuevo obispo higüeyano, nombrado como auxiliar del Cardenal Nicolás López Rodríguez, en la Arquidiócesis de Santo Domingo.

Ordenación Episcopal de Mons. De La Rosa.
Ordenado por San Juan Pablo II

Seis años después, monseñor De La Rosa y Carpio fue nombrado obispo de su diócesis natal, Higüey, La Altagracia. Allí continuó la gran labor pastoral de quien ha sido su ejemplo de vida sacerdotal, monseñor Juan Félix Pepén. El 16 de julio de 2003 fue trasladado a la Arquidiócesis de Santiago de los Caballeros, siendo el segundo arzobispo de aquella sede metropolitana.
Obedeciendo a las órdenes del Código de Derecho Canónico, llegado a los 75 años de edad presenta su renuncia ante el Santo Padre Francisco, siendo aceptada por el Sumo Pontífice en febrero de 2015.

Profundas e indelebles huellas de fe es su herencia, dejada a todos, sin distinción. Su vida ha sido una constante imitación a la de Cristo, sigilosamente. A pesar de sus limitaciones y pecado, como cualquier otro ser humano, ha sabido guiar al pueblo que le ha sido encomendado, sembrando en ellos la semilla del Evangelio de Cristo.  Los medios de comunicación han sido fundamentales en su ministerio, estos hacen parte de sí. Su vocación humana de escritor y comunicador le han colocado entre uno de los peritos más ilustrado en la materia.

En Monseñor Ramón De La Rosa no existe la menor duda de que ha ejercido fielmente y a cabalidad, guiado por el Espíritu Santo su episcopado, el camino divino trazado desde su concepción. Encomendamos nueva vez su ministerio a la Virgen de Higüey, Nuestra Señora de La Altagracia, aquella en cuyo dulce amparo materno se acuña.

¡Bendigamos hoy y siempre a Dios por este digno sucesor de los apóstoles! ¡Bendito seas,
Señor, por este hijo tuyo, por su vida, su testimonio y su servicio!