Vie. Jul 1st, 2022

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La cintura ceñida y las lámpara encendidas

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Dominicano, 85 años de edad, 69 de vida religiosa salesiana y 59 de sacerdocio. Amaba entrañablemente a su familia de origen. Hombre valiente, audaz y emprendedor; valores, estos, que supo conjugar perfectamente con la mansedumbre, la cordialidad y el respeto.

El exalumno Fredy Navarro dice al respecto: “Su estilo al transmitir las ideas es de una dulzura poco común. Su voz suave y pausada dicen mucho de su gran calidad humana y cristiana. Trabajador incansable, pequeño de estatura, pero grande en bondad y en espíritu”.

Los docentes de ITESA lo definen como: “Soldado de Jesucristo, hijo distinguido de la Iglesia Católica, fiel discípulo de Don Bosco, sacerdote inspirador, apóstol de la educación y amigo de los más pobres. Un hombre que vivió su vida a plenitud y con pasión, haciendo lo que debía y honrando lo que amaba”. Ha fallecido, el 22 de marzo de 2022, un símbolo, nos ha dejado un general del sacerdocio y un estratega de la educación técnica en el país: el P. Julio Soto.

Un hombre alegre, con sentido del humor, inteligente, que sabía reírse de la vida, de los fracasos y de los infortunios. Que tenía siempre en sus labios palabras de motivación para todos.

Un salesiano obediente, respetuoso de los superiores, discreto, que sabía reconocer el valor de cada uno de los salesianos, de los sacerdotes y de los laicos; a quienes defendía en cualquier escenario.

Un estudioso del carisma salesiano, le gustaba escribir y lo hacía bien; con sus escritos buscaba asegurar la memoria histórica de la Inspectoría. Un amante de la comunicación social y de las redes sociales, las cuales usaba para comunicarse. Por veinticinco años celebró la Eucaristía en la Corporación Estatal de Radio y Televisión (CERTV), convirtiéndose en un influencer de dicho sacramento.

Su vocación como administrador provincial no fue óbice para cultivar y profundizar el gusto por la liturgia, la que preparaba y vivía haciendo gustar las celebraciones, sobre todo, la Eucarística. Realizó varias ediciones con múltiples tiradas del libro “Celebremos la misa”.

Amaba profundamente a la Iglesia, a los obispos y al Papa. Siempre que le solicitaban algún servicio lo hacía con gusto, esmero y entrega.

Él sabía que su patria definitiva era estar junto a Dios, por ello buscó siempre tener “la cintura ceñida y las lámparas encendidas”. Supo preparar cuidadosamente su encuentro con el Sumo Hacedor.

El día 21 de marzo, en horas de la tarde sale de su cuarto con fuertes dolores estomacales, toma el ascensor; estando en el pasillo de ITESA se le presentan dos escenarios: la ambulancia del 911 lista para conducirlo a CEDIMAT, y su confesor que también había llegado. Con mucha serenidad, y después de proferir una de sus frases típicas, se acomoda en una silla de la capilla y realiza su última confesión. Concluida ésta, se levanta y se pone a disposición de los paramédicos, quienes lo colocan en la camilla de la ambulancia, llega al hospital y en un periodo de tiempo no mayor a 18 horas se fueron generando distintas crisis en sus órganos vitales que no logró resistir.

“Las puertas de la Nueva Ciudad se abren para ti” ¡Descansa en paz amigo!