Vie. Jul 1st, 2022

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Madre, mujer con alas de águila (Apocalipsis 12, 14)

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Mayo es el mes de las madres y es el mes en que la Iglesia celebra a María, madre de Jesucristo, nuestro Dios y salvador.

Según relatos la idea de un mes dedicado específicamente a María se remonta al tiempo barroco o siglo XVII. Si bien, no siempre se llevó a cabo en mayo, el mes de María incluía treinta ejercicios espirituales diarios en honor a la Madre de Dios.

Ver en María, la mujer perseguida por el Dragón rojo de siete cabezas, sobre las cuales llevaba siete diademas (Apocalipsis 12,3); debe poner nuestra mirada en la maternidad, pues está siendo atacada y despreciada.

Es posible que algunos piensen que exagero, pero basta reflexionar y mirar aquellas madres que por tener más de tres hijos abiertamente le criticamos; escuchar tantas mujeres huir a la maternidad por intereses profesionales y económicos; otras porque simplemente desprecian el don mismo de concebir.

He visto en redes sociales reclamar que las mujeres no son incubadoras, es decir, ver la maternidad como un acto de gestación puro y simple, dejando de lado la entrega plena de amor que es llevar un hijo en el vientre por nueve meses y toda la vida en el corazón. Se ha llegado al punto de referir casos extremos con manipulación intencionada, para tergiversar la atención que debe prestarse a mejores cuidados de la mujer embarazada.

Este ataque va disolviendo en la consciencia colectiva y expresamente en las mujeres, el deseo de formar familia con apertura a la vida. Es un ataque sin cuartel desde los primeros años de infancia, que busca formar una generación egoísta en pos de una libertad cuya atadura son los bienes terrenales; olvidando así el sentido de plenitud de la vida eterna que tenemos en Cristo.

Más Dios, ha dado a la mujer alas de águila para volar al desierto lejos del Dragón, pues todo el que cree en Él no será confundido (Romanos 10,11). A los que esperan en Yahvé Él les renueva el vigor: correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse (Isaías 40,31). Corona a la mujer con amor  y ternura, satura de bienes su existencia y en su juventud se renueva como la del águila (Salmo 103,5).

Unamos nuestra voz a la de María, que desde siempre en su alma  deseó servir a Dios: proclama mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador (San Lucas 1,46-47).

Y desde el corazón llevemos el sentir de Ana, madre de Samuel: mi corazón exulta en Yahvé, mi fuerza se apoya en Dios, mi boca se burla de mis enemigos porque he gozado de su socorro. No hay Santo como Yahve, mi roca como nuestro Dios (1 Samuel 2,1-2).

Dios ha hecho una alianza con nosotros, sus hijos, su pueblo, confiemos plenamente en Él. Perseveremos como su pueblo, pues Él siempre cumple su palabra.