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EL AMOR ENTRE LOS HERMANOS EN LA TIERRA MANIFIESTA LA GLORIA DEL CIELO.

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EVANGELIO DE HOY: 15/5/22 (Jn 13,31-33ª.34-35).

En el evangelio de hoy se muestran dos escenas: una, cuando sale Judas del cenáculo y Jesús dice: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en Él”. El Padre y el Hijo se respaldan mutuamente en el Espíritu Santo. Esto que parece complejo se muestra de manera sencilla en la segunda parte del relato. Jesús argumenta:

 “Hijos míos, me queda poco de estar con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo los he amado”. Con este mandamiento nuevo Jesús nos está diciendo a todos nosotros que no detengamos de dar gloria a Dios en la tierra. Nos invita a que le demos continuidad a lo que Él ha sembrado, como nadie, en la humanidad, el amor.

“La señal por la que conocerán que son discípulos míos, será que se amen unos a otros”. Esa “señal” se convierte en gloria de Dios. ¿Qué es la gloria, en este sentido? Se trata de la manifestación visible, de la presencia de Dios. La gloria muestra la “naturaleza” de Dios ante los sentidos humanos. La gloria se puede ver, se contempla, se identifica.

La sana relación entre los hermanos de la comunidad, el afecto, el cuidado, el acompañamiento, la preocupación de unos por otros, nace de lo más genuino de la Santísima Trinidad. Es reflejo de santidad. De ahí que la “gloria” de Dios queda patente, es práctica, y todos podemos hacer que acontezca. El amor entre los hermanos es la más sublime expresión de la gloria de Dios, porque deja expuesto lo que se vive continuamente en el seno trinitario. “Míralo cómo se aman” es dar testimonio de la gloria de Dios. Ante su gloria la gente se admira, se convierte, confirma que Dios está presente en medio de nosotros.

Se comprende, entonces, el empeño de Pablo y Bernabé, en la primera lectura de Hechos, “animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, a pesar de todo lo que tienen que pasar”. Y es justamente esto: la gloria viene manifiesta luego de la cruz. No hay gloria sin sufrimiento fecundo, sin “cansancio alegre”. La conciencia apostólica sabe muy bien esto, y contra toda corriente se empeñan en organizar y formar bien a las comunidades para que sean faroles de la gloria de Dios.

La fuerza del amor hace nuevas todas las cosas. Es lo que dice la segunda lectura del Apocalipsis: “vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. La renovación acontece cuando la comunidad se reconcilia entre ella misma, con Dios y la naturaleza. Somos tierra nueva y cielo nuevo cuando nos volcamos a vivir en la santidad que todo lo llena y lo habita.
 
Rezamos con el Salmo 144: “Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey./ Que todas tus criaturas te den gracias, Señor, que te bendigan tus fieles; que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas…”.

  1. Con mi vida y testimonio ¿estoy dando gloria a Dios?
  2. ¿Cómo seguir sanando las relaciones comunitarias para que sean reflejo del amor trinitario?
  3. ¿En cuáles acontecimientos cotidianos contemplo la gloria de Dios?