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JESÚS, SUMO Y ETERNO SACERDOTE:
EN QUIEN SOMOS PUEBLO SACERDOTAL.

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EVANGELIO DE HOY: 9/6/22 (Lc 22,14-20).

El primer jueves luego de Pentecostés celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Por esto, la lectura tomada del evangelio de Lucas nos habla de la institución de la Eucaristía. Tiene su génesis en la cena pascual, ritual que evocaba la antigua liberación del Pueblo de Dios. Dentro de este acontecimiento tradicional y fundamental en la cultura judía, Jesús inaugura con su vida y su palabra una nueva liberación, una nueva alianza, la que perfecciona la antigua, abriéndole paso a su plenitud.

Le dice a sus discípulos: “He deseado enormemente comer esta comida pascual con ustedes, antes de padecer, porque les digo que ya no la volveré a comer, hasta que se cumpla en el Reino de Dios”. Entendemos que la costumbre judía de la cena pascual, Jesús la reinterpreta, le da un nuevo sentido, una nueva dimensión. Jesús lo desea enormemente. Él será el pan a ser comido, la sangre a ser bebida. Quiere ser comido y quiere ser bebido.

Él tiene la iniciativa: “toma una copa”, “toma pan”, y en ambos momentos pronuncia la acción de gracias. Él está dando gracias porque se da entero, sin reservas, como alimento de vida y salvación para los demás. Esto es un misterio que alcanza a todos los comensales, porque al comerlo, nos hacemos una sola cosa con Él. Viendo el conjunto de las lecturas de hoy, podemos alcanzar mayor sentido sobre el significado de este cuerpo y esta sangre que se ofrece:

Según Isaías 52, en su sentido mesiánico, es un cuerpo que ha sido triturado por el sufrimiento, cuyas cicatrices nos han curado; voluntariamente humillado, sin abrir la boca… El Salmo 39 ilumina la actitud de quien, sufriendo, aprendió a obedecer: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. La carta a los Hebreos afirma que “Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados”.

La síntesis apretada del conjunto de las lecturas nos permite contemplar la dimensión santificadora de la Eucaristía y el precio martirial y redentor que la soporta. En cada comunión recordamos la “Copa de la nueva alianza, sellada con su sangre, que se derrama por nosotros”. Es la sangre que purifica la conciencia, que limpia el alma; es el cuerpo que fortalece, que despierta el sentido de la consagración, y la va perfeccionando.

Señor: Eres tú mismo, real, quien se entrega en cada Eucaristía. En este tiempo del Espíritu Santo, le pedimos que nos permita comprender el valor sin límites de comulgar. Deseamos que nos libre de la rutina, de acostumbrarnos a la fila… o de ir sólo los domingos, cuando se tiene oportunidad de unirse al Señor sólidamente. Nosotros también, enormemente, queremos asumir nuestro compromiso como pueblo sacerdotal.

  1. ¿Cómo estoy tratando a Jesús sacramentado?
  2. ¿Qué significa que al comulgar, como bautizados, somos hostias vivas?
  3. ¿Cómo estoy dejando “mi cuerpo” y “mi sangre” en el compromiso cristiano?