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VOCACIONADOS PARA LA LIBERTAD.

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LECTURAS DE HOY: 26/6/22.

 (1 Re 19,16b. 19-21; Sal 15; Gal 5,1.13-18; Lc 9,51-62).
 
Nuestra meditación parte del centro que recuerda san Pablo a los Gálatas: “Hermanos, su vocación es la libertad”; esta vocación parte del encuentro y seguimiento de Jesús. Libertad es el resultado de haber vivido seriamente una experiencia con el Señor; hay un antes y un después. Lo dicho se vislumbra desde el Antiguo Testamento, presentado en la lectura de hoy, que habla del encuentro entre Elías y Eliseo.
 
Todo parte del llamado de Dios a Eliseo mediante su siervo Elías. Eliseo estaba en lo suyo, en sus planes, en sus proyectos: “arando con doce yuntas”. Cuando el profeta pasó a su lado y le echó el manto, fue la señal de un nuevo comienzo en su vida, de una nueva etapa; lo que exigía cerrar un capítulo en su historia y abrir uno nuevo.
 
Eliseo entendió perfectamente el llamado. Y pidió ir a despedirse de sus padres. Recordemos el mandamiento de honrar a los padres. Le fue concedido. En el caso de Jesús, cuando llame, será diferente: recordemos que desde Jesús hay una nueva dimensión familiar. “Mi padre, mi madre, mis hermanos, son los que hacen la voluntad de Dios”. El seguimiento de Jesús se hace más exigente, y el conjunto de las lecturas lo demuestran.
 
Eliseo sacrifica y reparte entre su gente los animales de su pertenencia. Deja todo lo que tiene, y se pone a disposición de Elías. Él ha resuelto todo aquello que le ataba, alcanzando la libertad necesaria para centrarse en la misión que Dios le ha confiado. No va a la misión arrastrando un pie, o con asuntos pendientes. Entierra todo. Se dispone. Lo hace bien.
 
Cuando san Pablo recuerda a los cristianos: “Manténganse firmes”, habla de no volver atrás ni para tomar impulso. La vocación a la libertad no se negocia. “No se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud”. Cada uno de nosotros puede hacer memoria de pensamientos, actitudes y hechos que nos ataron en un momento de la vida. Es saludable contemplar cómo el Señor también nos echa el manto de la libertad, nos cobija con su gracia, para servirle en santidad y justicia por siempre.
 
Cristo es la libertad personificada: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”; está libre de posesiones. Nada le ocupa ni preocupa a no ser el Reino. “Deja que los muertos entierren a sus muertos”, es la respuesta para quien da prioridad a realidades ya caducas, que entretienen al Reino. “El que echa la mano en el arado y sigue mirando atrás no vale para el Reino de Dios”.  Para no mirar atrás se hace necesaria la libertad y el convencimiento de que sólo hay un horizonte válido donde fijar la mirada: Jesús.

Señor, con el salmista te decimos hoy: “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti”. Tú eres nuestro bien. Eres quien nos instruye en todo momento. Líbranos de las ataduras que nos hacen perder el tiempo. Afianza con firmeza nuestros pasos en libertad. Contigo a nuestro lado no vacilaremos, porque nos muestras, en ti, el camino de la vida.  
 
1. ¿Cuáles es la diferencia entre libertad y libertinaje?
2. ¿Existen en nuestras vidas algunos yugos de esclavitud? ¿Cuáles?
3. ¿Qué decisión tomo ante la esclavitud de los yugos o la libertad de Cristo?

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