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APRENDIENDO DEL APÓSTOL SANTIAGO

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LECTURAS DE HOY (25/7/22):

(Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2; Sal 66; 2 Cor 4,7-15; Mt 20,20-28).

Hoy la Iglesia celebra el día del Apóstol Santiago: Nació en Betsaida. Era hijo de Zebedeo y hermano del apóstol Juan; ambos hermanos fueron llamados “hijos del trueno” (Mc 3,17), quizás por su celo por el Reino o porque ambos preguntaron a Jesús si quería que mandasen a bajar fuego del cielo para consumir a los samaritanos cuando se negaron a recibirlos (Lc 9,54). Como todos los discípulos, y su misma madre, Santiago fue aprendiendo despacio el modo de Jesús, a base de serias correcciones del Maestro.
 
En los pasajes del Nuevo Testamento se presenta a Santiago como uno de los discípulos más íntimos de Jesús. Conjuntamente con Pedro y Juan, estuvo presente en los principales milagros obrados por el Señor, como: la curación de la suegra de Pedro (Mt 8,14-17), la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37), la transfiguración (Mt 17,1), en la agonía del Getsemaní (Mt 26,37). En el libro de los Hechos de los Apóstoles se puede seguir la trayectoria de este siervo fiel (Hch 15,13-23), quemándose la existencia para que todos los pueblos conociesen al Señor, y para que los cristianos judíos fueran acogiendo sanamente a los extranjeros que se convertían y se bautizaban.
 
Interesa destacar el detalle en 1 Cor 15,7, que menciona una aparición personal de Jesús a Santiago: “Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles”. Para el apóstol San Pablo era de suma importancia las opiniones de Santiago en los procesos y en las controversias de evangelización (Gl 2,9; 2,12). A este Santiago se le atribuye la carta apostólica. Ojalá sacáramos un tiempo para leer detenidamente dicha carta. Es tremenda, y hace honor a su apodo: “hijo del trueno”.  
 
Luego de la resurrección, como el resto de los apóstoles “daba testimonio de Cristo resucitado, con mucho valor”. No se detenían ante los impedimentos, porque afirmaban “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Santiago terminó decapitado por Herodes Agripa posiblemente en el año 42 después de Cristo (Hch 12,2). Desde el siglo IX, su sepulcro es venerado en Compostela, a donde acuden incontables peregrinos.   
 
Para nuestro aprendizaje personal y comunitario, nos preguntamos ¿cómo terminan en esta tierra los amigos íntimos de Jesús? No por forma poética dice san Pablo: “llevamos el tesoro en vasijas de barro”; dichoso barro que no le importe quebrarse por ser fiel a la verdad que porta: “Creí, por eso hablé”. Un corazón encendido de amor por Cristo no teme a las más variadas formas de “cuchillo”, porque los ojos del apóstol no están colocados en quienes amenazan, sino en quien ofrece confianza y fortaleza, Cristo resucitado.
 
Señor: la sangre de los apóstoles nos llama a la humildad y a la conversión constante. El camino apostólico es la senda del martirio. Tomarse a Dios en serio ya implica martirio; comienza con la exigencia de no ser servido, sino servir. Esto supone una muerte cotidiana al propio orgullo. Que el apóstol Santiago interceda por nosotros para que: “Aunque nos aprieten, no nos aplasten; aunque estemos apurados, no nos desesperemos; aunque estemos acosados, no nos sintamos abandonados; aunque nos derriben, no nos rematen… porque en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”.
 
1. ¿Cómo hago vida esta enseñanza: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”?
2. Si el apóstol dice: “Creí, por eso hablé”, ¿podría yo hacer la misma afirmación?
3. ¿Cómo entiendo que el camino de “la grandeza” comienza por el “servicio humilde”? ¿Qué sacrificio hago para que el Señor sea más conocido, más amado, más obedecido?
4. ¿Qué aprendí de Santiago?