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CON LA FUERZA DE CRISTO RESUCITADO

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LECTURAS DE HOY: 15/4/23 (Hch 4,13-21; Mc 16,9-15).

Los pasajes que venimos meditando en la octava de pascua nos muestran cómo en Cristo resucitado nacemos a una vida nueva. Él nos trae la vida, a nosotros nos toca creer esta verdad, asumirla y anunciarla. Se acabaron los complejos, los lamentos y los encierros de la vida pasada. Ahí tenemos claramente el ejemplo de los discípulos. Los influyentes religiosos de la época estaban totalmente confundidos; notaban que unos pobres pescadores sin letras ni instrucción actuaban en nombre de Cristo con una seguridad que a ellos desconcertaba.
 
Como Pedro, hemos de quitar los ojos de nuestros miedos, para fijarlos en el Señor. Porque es Él quien hace la obra, mientras el Espíritu capacita. Como Magdalena, nos toca madrugar y buscarle, porque Él se encarga de propiciar el encuentro y pronunciar nuestro nombre. Con Cristo resucitado amanece un nuevo día en nuestras vidas. Si de ella echaron siete demonios, de nosotros pueden echar todas las “arañas” y los “alacranes” que nos vienen fastidiando y estancando. Porque no se anuncia a Cristo entretenidos con distracciones innecesarias.
 
Sin experiencia no hay anuncio válido. Sólo lo que quema por dentro puede hacer arder a quienes escuchen. El anuncio no es un aviso. No es poesía. No es un recado. No es charla. Es una chispa que enciende el nacimiento de Cristo dentro. La persona de Cristo se da hecha palabra viva. No por acaso observamos las continuas apariciones. Es que no se admiten dudas. Las dudas empobrecen el mensaje y lo debilitan. Uno no puede predicar aquello que no cree, porque no sirve de nada. No provoca efecto ni mueve a los demás a vivir su propia experiencia.
 
Jesús reprocha la incredulidad y la dureza de corazón. Somos incrédulos y duros de corazón no sólo cuando literalmente decimos “no creo”, sino cuando afirmamos con los labios “sí creo”, pero el corazón se mantiene seco, indiferente, frío, rutinario…   
 
Rezamos con el salmista cuando expresa: “El Señor es mi fuerza y mi energía, Él es mi salvación”. Es el Señor que nos recupera del fango de la tristeza y del vacío. Con Él nos llega la paz. Por eso se escuchan cantos de victoria en las tiendas de los justos. Nos repetimos sinceramente este deseo bendito: “No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor”.

1. ¿En qué se me nota que Cristo ha resucitado en mi vida?
2. ¿Creo en las palabras del Señor, las acojo, las hago vida?
3. ¿Cómo asumo en comunidad cristiana el envío que nos hace el Señor para proclamar el Evangelio?