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RECOMENDACIÓN DE PABLO A LOS PASTORES

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MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 26/1/24 (2Tm 1,1-8; Sal 95; Lc 10,1-9).

Hoy celebramos la fiesta de San Timoteo (primer obispo de Éfeso) y San Tito (obispo de Creta). Pablo les escribe las cartas llamadas “pastorales”. No se dirigen a las personas en general, sino a dichos pastores que están al frente de las comunidades cristianas. Pablo mismo fue quien, luego de haberlos escogido, les impuso las manos, teniéndolos luego como íntimos colaboradores en la misión.

La primera lectura a Timoteo da varias recomendaciones necesarias y útiles, no solo para los pastores, sino para todo el Pueblo de Dios.

Pablo inicia con un saludo, deseándole “gracia” (sin la gracia de Dios cualquier ministerio languidece y muere); le desea “misericordia” (porque es duro asumir una responsabilidad trascendente sin suplicarla); y le desea “la paz de Dios” (porque solo en quien es lo que debe ser puede alcanzarla).

Pablo le afirma a Timoteo que le mantiene en oración continua; si se debilita el pastor, sufre toda la comunidad. Le trae a la memoria, la fe sincera que le transmitieron su abuela y su madre. Las raíces de la fe, si se mantienen frondosas, llevan a la humildad. El apóstol le recuerda: reavivar el don de Dios, que recibió cuando le impuso las manos.

Tú y yo somos responsables de no dejar apagar el don recibido, en el bautismo, en la ordenación, en la consagración… Es urgente, custodiar la hoguera de la pasión por el Señor, ante tantas amenazas. Reavivar significa recuperar el amor primero, invertir en lo esencial, redireccionar la ruta desviada, recogerse de la dispersión, disponer las fuerzas, con firmeza, para hacer visible el Reino.

Para esto, el apóstol reconoce que hay que tener valentía; la fuerza de lo alto para no sentir vergüenza de amar y servir al Señor públicamente, y con buen juicio enseñar, santificar, gobernar, cuidar… El apóstol nos recuerda que quien está al frente, ha de tomar parte en los duros trabajos; como quien dice, a mayor don ofrecido, mayor responsabilidad.

El corazón del apóstol está reflejado en el Salmo de hoy, que dice: “Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones”. Este ha de ser tu oficio y mi oficio. Es lo que afirma el evangelio cuando dice “¡Pónganse en camino!, les mando como corderos en medio de lobos…”. El don recibido nos invita a anunciar, con la vida y la palabra, que ya está cerca el Reino de Dios.

Señor: tú me conoces a fondo, te introduces en mis adentros y allí me contemplas con una fe, quizás pequeña, pero sincera. Tú me has elegido, débil instrumento que solo cuenta con tu gracia para sostenerse. Despierta tú mi conciencia, dame la luz necesaria para valorar el don recibido. ¿Cómo podría darle valor si tú no me das la gracia? Sabiendo, Señor, a lo que me has llamado, yo me dispongo a tus pies, para que tú mismo me reavives, me hagas de nuevo, Señor mío, Dios mío. Cuando algún día me encuentre contigo, solo quiero expresarte, con temor y temblor, Jesús mío: siervo inútil soy, solo he hecho lo que debía hacer.

Pregúntate en tu interior:

  1. ¿Cómo alimentas el don recibido? ¿Cómo lo sostienes?
  2. ¿Cuándo fue la última vez que lloraste por tu comunidad?
  3. ¿Tú, como Pablo, rezas por los pastores, por la Iglesia?
  4. ¿Cómo estoy tomando parte en los duros trabajos del Evangelio?