Vie. Feb 3rd, 2023

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¡Qué estornudo!

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¿Cuántas veces ha usted estornuda­do en la vida? No es fácil calcularlo. Pero los estornu­dos más escandalosos son los que se producen en un acto público, mientras más formal el acto peor, espe­cialmente si es el mismo conferenciante el que tiene lo más disimuladamente que contenerse cuando vie­nen esos exabruptos ante el primer Pungido, una tose­cita nerviosa parece hacer­se cargo de la situación lo que exige de inmediato la acción de los concurrentes: empiezan a aparecer vasi­tos de agua, envases plásti­cos y tasitas de las más va­riadas reputación.

El estornudo es una ex­presión fisiológica que arruina el ambiente social y pone a prueba al más pa­ciente personaje sea de cualquier rama: político, religioso, comunicador.

Lo malo es que nadie tie­ne control absoluto de esa situación que dejan a cual­quiera avergonzado. Peor si uno es el protagonista de esa tan conflictiva situa­ción.

A ese fenómeno se le ha añadido un ingrediente de salud que ha llevado a un nerviosismo justificable y ha puesto a las autorida­des a tomar medidas que representan gastos cuan­tiosos en lo que a la protec­ción de la salud se refiere.

No es extraño que se ar­me un “juidero” ante un in­esperado estornudo, pues nadie quiere verse salpica­do con la corriente dañi­na de la situación incómo­da que estamos viviendo, de ahí la insistencia en el uso de las mascarillas co­mo una forma de aguantar el furor amenazante de la pandemia.

Ante este hecho que a todos nos ha dejado con la boca abierta, estoy propo­niendo, no sin malicia que la ONU declare el día mundial del estornudo de tal manera que tal vez poda­mos concentrar en un día lo efectos negativos de es­ta situación.

Alguno dirá: ¡Qué cosa más rara! Pero total, tantas otras estupide­ces han ocupado el tiempo de esos honorables señores y señoras que rinden esa la­bor legislativa a nivel mun­dial.

Para muestra basta un botón como es el caso del día mundial de la corbata y otras idioteces que han for­mado parte de los proyec­tos de esa venerable asam­blea.

Naturalmente lo impor­tante sería que además de purificarnos las manos, la cara, la ropa limpiáramos sobre todo el corazón y pa­ra eso no hace falta gastar dinero del presupuesto na­cional.

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