Mié. Ago 17th, 2022

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MADURAR EN LA FE: DE LA MANO CON JESÚS.

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EVANGELIO DE HOY: 2/8/22 (Mt 14,22-36).

El evangelio de hoy presenta la imagen de los discípulos yendo en la barca, la cual estaba siendo sacudida por las olas del mar. La barca ha sido comparada con la Iglesia, a su vez, refleja la realidad de vida que tenemos que afrontar. Observemos algunos detalles de la escena que iluminan nuestro camino de fe:
 
“Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente”. Lo que el Señor hizo, muestra la postura de quien ya confiaba en sus discípulos. Para el Maestro, ya podían navegar solos en el mar de la vida, han tenido suficiente experiencia para no perder el control ni el rumbo del trayecto.

Por su parte, los discípulos también lo consideraron. No dijeron nada ante el envío, se marcharon sin refutar. Así pasa con nosotros, no pocas veces nos sentimos adultos en la fe, pero el día menos pensado, se nos nubla el panorama. No vemos nada, ni siquiera hacia qué dirección remar. Entonces, en ese momento, se nos acerca Jesús, porque no nos quiere confundidos ni perdidos.
 
“… viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma”. Imaginemos. Si el agua descontrolada infundió pánico en los discípulos, lógicamente se preguntaron quién sería ese que camina sobre el agua. El Señor no se amedrenta, mantuvo la firmeza y la autoridad. Nos da ejemplo de cómo hemos de situarnos ante los problemas y las dificultades, no hundidos, sino por encima de las controversias, sostenidos por la fe.
 
El pánico no permitía a los discípulos identificar a Jesús. Él tuvo que decirles: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!”. La fe y el miedo no son compatibles. Pedro dice: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Ya el Señor le había dicho que era Él. Pero Pedro necesitaba que se lo confirmaran. Todavía no era suficiente. Paciencia.

El Maestro le invita a ir hacia Él. No lo va a buscar, sino que lo deja que camine, que se ejercite. Con todo, Pedro, en vez de sentir la voz que le llama, siente la fuerza del viento. En este momento de la vida: ¿dónde están enfocados nuestros sentidos? ¿En la voz de Jesús? ¿En la fuerza del viento?
 
Ya vemos lo que sucede cuando le quitamos los ojos a Jesús: nos hundimos. ¿Usted ha pasado por ese momento, cuando, hundido, grita: “¡Señor, sálvame!?” Posiblemente sí; hemos bebido tragos de agua por la nariz, por lo menos una vez en la vida. Y en esa nuestra nada, que no sabe nadar, llega la mano de Jesús y nos agarra. Primero nos saca de las aguas y, una vez salvos, nos cuestiona: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”.

Nosotros sabemos que cuando pasa la tormenta y la reconstruimos confirmamos que el Señor nunca nos dejó solos. Que su presencia es real. Por la fe probada profesamos que: “Realmente Él es el Hijo de Dios”.
 
Nuestra Señora de la Altagracia: enséñanos a tener los ojos fijos en Jesús para que nuestra barca siempre se ancle en puerto seguro. 

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