Jue. May 23rd, 2024

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MARTES IN ALBIS

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Hoy seguimos la Mistagogia de la Octava de Pascua. Vemos a una mujer que después de encontrase con el ángel que les anuncia que el crucificado ha resucitado se ha quedado un tanto confundida. Ella vuelve al lugar donde estaba sepultado Jesús. Ella necesita tener, recuperar la seguridad que había encontrado en Jesús.

Este evangelio trata de llevar a plenitud el problema de la inseguridad que la Iglesia ilumina el Domingo III de Cuaresma. También le da plenitud a la unción de María en Betania.

Este martes la Iglesia en esta palabra va a poner la problemática que hay en el buscar (dodim) y encontrar (ahabá) en la perspectiva de la resurrección. Una de las cosas que tenía María Magdalena era el siempre buscar la seguridad, buscar el amor de su alma. Igualmente la mujer samaritana. En ellas también nos vemos nosotros.

Siempre aparece en nosotros esta aclamación: «En mi lecho, por las noches, he buscado al amor de mi alma. Búsquele y no le hallé. Me levantaré, pues, y recorreré la ciudad. Por las calles y las plazas buscaré al amor de mi alma. Búsquele y no le hallé. Los centinelas me encontraron, los que hacen la ronda en la ciudad: «¿Habéis visto al amor de mi alma?» Apenas había los pasado, cuando encontré al amor de mi alma. Le aprehendí y no le soltaré hasta que le haya introducido en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me concibió» (Cant 3,1-4). Ese amor en búsqueda es el que encontramos en María Magdalena ya curado. Ella ha vivido la experiencia de ser iluminada, regenerada y ahora vive en la fe. Esto era lo que le faltaba.

Ahora ella al encontrase con Jesucristo resucitado ya esa herida de amor llega a su plenitud. No podemos entender el encuentro de María Magdalena y Jesús resucitado si no lo vemos en ese proceso. Todo comienza con una mujer que anda de pozo en pozo buscando el amor de su alma. Se sigue con el ofrecimiento de ese perfume de nardo que María de Betania entrega a Jesús. Ver ahora a María Magdalena en este huerto buscando a Jesús es el culmen.

Ella estaba acostumbrada a buscar. Buscaba y no encontraba porque no sabía lo que buscaba. María de Betania vivía regando el aroma de sus perfume y ahora lo entrega. Jesús se esconde un momento pero luego se deja ver. Lo podemos ver en el diálogo cuando ella se encuentra con Jesús y ella lo confunde con el hortelano. Jesús le pregunta: «¿Mujer, dime, por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella le dice que si tiene el cuerpo de Jesús que se lo devuelva. Ella quiere encontrarse con el cuerpo inerte de su Señor. Sólo cuando el que ella escucha de boca de quien ella creía que era el hortelano su nombre ella ahí lo reconoce y le llama Rabbuní.

En escuchar María, ya no es como la llamaban sus amantes que la habían abandonado y devastado. Con llamarla por María escuchaba las palabras que le devolvían la vida: «Serás corona fúlgida en la mano del Señor, y tiara real en la palma de tu Dios. No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desbastada», sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia», y a tu tierra, «Desposada». Porque Yahveh se complacerá en ti, y tu tierra será desposada» (Is 62,3-4). Por otro lado, en el momento de ausencia parecía que Dios deja al hombre en el vacío. Ese silencio o ausencia de Dios tiene un fin: «En un arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno te he compadecido – dice Yahveh tu Redentor» (Is 54,8). Dios deja espacio para que crezca el amor en la perseverancia.

Una vez que se encuentra con Jesucristo esté amor madura y todo se vuelve un jardín. Este huerto que no se valora es signo del Jardín del Edén. Ver el templo, ver el altar, la fuente bautismal es como si se estuviera en un jardín donde se encuentra el amor (Cant 8,12). Donde el amado ha preparado el tálamo nupcial. Ahí está la sala del banquete.

Jesús le lleva al nivel más elevado de este amor: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro.» Aquí la lleva Jesús a buscar el amor paternal de Dios. Si ha encontrado el amor en Jesús, el del Padre es más pleno porque Jesús es el reflejo de la gloria del Padre e impronta de su sustancia (cf. Heb 1,3). Jesús Le dice: no mires la parcialidad de mi amor sino que te invito, no me toques, a verme en relación con mi Padre; mira, toca y experimenta que amor tan grande.

Por eso el Apóstol dice: «Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios» (Col 3,1). Eso es una de las dos cosas que deseas Jesús. La otra es confiar en él. Una vez que antes salía corriendo (Cant 3,2-3) desesperada. Esa confianza en los momentos de silencio de Dios ya la amada no busca con desesperación al amado sino que llena de confianza dice: «Os conjuro, muchachas de Jerusalén, por las gaselas y las ciervas del campo, que no despertéis ni veléis, a mi amor hasta que quiera» (Cant 2,7).

Corramos tras de Jesús porque mejores son qué el vino sus amores y acerquémonos junto con él al Padre y habitemos en las moradas eternas por los siglos de los siglos. Amén.