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ENVIADOS POR EL SEÑOR: CONSERVANDO LA HUMILDAD.

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LECTURAS DE HOY: 25/4/23 (1P 5,5b-14; Sal 88; Mc 16,15-20).

El apóstol Pedro comienza exhortando a los cristianos una actitud fundamental para toda la vida y la misión: “Tengan sentimientos de humildad”. ¿Qué significa la humildad? Como concepto latino proviene de la raíz “humus”, traducido por “tierra”, “ras del suelo”. Apunta hacia lo más original, natural, sencillo, que favorece la fertilidad y el crecimiento. En su sentido espiritual, la humildad no significa “debilidad”, sino la identificación de Dios, en la persona, como fuente de fortaleza.
 
Los sentimientos de humildad que nos recomiendan tienen como horizonte inspirador al mismo Cristo. El corazón humilde, vacío de sí mismo, está desocupado para recibir la gracia de Dios. Ahí, en ese recipiente despejado, la gracia no se desperdicia; contrariamente, se acopla. El apóstol nos recuerda: “Dios se interesa por nosotros”. Sufre cuando nos queremos distanciar de nuestra tierra para elevarnos a categorías que no nos compete ocupar ni que sabemos manejar.
 
El evangelio también fundamenta el conservar la humildad: es el Señor, con la autoridad del Resucitado, quien envía. Vamos porque nos han mandado y capacitado. No vamos solos. Los verbos están en plural: “vayan”, “proclamen”, aislados no hacemos nada. La fuerza está en la comunidad, porque es en ésta donde reposa la bendición de Dios.
 
El envío corresponde al Señor. Él es quien pone los criterios, la dirección y, lo más decisivo, su propia persona, en la fuerza del Espíritu. A nosotros nos toca escuchar y obedecer, dos actitudes fundamentales para conservarse en la humildad y, como dice la Madre: “Hacer lo que Él diga”.
 
En el apostolado, los signos de conversión y de fe no remiten a la eficacia de los misioneros, sino al Nombre que los ha enviado. Al servidor nada le corresponde. Contrariamente, le queda la deuda en gratitud de haber sido elegido, aún sin merecerlo. Ha de desaparecer, en el enviado, una pregunta que brota y sobra al mismo tiempo: -¿por qué me eligieron a mí? Ésta hace perder el tiempo y, en vez del enfoque misionero, uno se mira a sí mismo. Porque hasta en este detalle, el enemigo, sutilmente, busca desviar la atención de lo fundamental. Y lo que pudiera parecer humildad se convierte en soberbia.     
 
Tomamos prestadas las palabras del salmista para rezar: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades”.
 
1. ¿Puedo observarme y percibir si, en ocasiones, me distancio de los sentimientos de humildad?
 
2. ¿Qué me distingue cuando me expreso, comparto, me relaciono con las demás personas?
 
3. ¿Cómo favorecen las actitudes de humildad a los resultados pastorales?

  1. ¿Me inclino bajo la mano de Dios y para servir a los demás?