Vie. Mar 1st, 2024

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La caridad y la misericordia en femenino

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La vida concede múltiples oportunidades, bendiciones y gracias que, sin lugar a dudas, llenan y retan a ser mejores. Por ejemplo, estoy seguro de que el amable lector habrá entrado en contacto con seres humanos, ya sean estos laicos, religiosos, religiosas o sacerdotes que, a su vez, han edificado sobre las bases sólidas del buen cristiano y del honrado ciudadano, que han fundamentado su existencia en los valores y en las virtudes, en la ética y en la moral.

Me referiré a alguien que conocí personalmente; además, tuve la oportunidad de visitar el escenario que le vio nacer, y el lugar donde fundó, fortaleció su grupo religioso, llegando a los cinco continentes. Poseía unos rasgos fenotípicos característicos: frente redondeada con ojos grandes, tabique nasal ancho; pómulos anchos, altos y carnosos; mandíbula mermada, mentón que indica presencia. Estatura mediana, cuerpo delgado envuelto en un zari, atuendo sencillo característico que cubre la cabeza, el cuerpo y las piernas; pies protegidos por sandalias sencillas y humildes.

Seguramente ya, el lector, habrá advertido a quién describo, a Agnes Gonxha Bojaxhiw, conocida como santa Teresa de Calcuta, que conmemoramos el 5 de septiembre. Una de las personas más bellas de corazón, con rostro y manos repletas de las huellas del tiempo, de la experiencia, del dolor; reflejando una hermosura angelical y una preciosidad interior modélica.

Dedicó gran parte de su vida al cuidado de personas empobrecidas, enfermas, huérfanas y mal heridas que la vida deja al borde del camino. Al advertir que el número de personas necesitadas era grande, e iluminada por el Espíritu, fundó la Congregación de las Misioneras de la Caridad, en la India, llegando a un sinnúmero de países para asistir a rechazados y descartados sociales. Su único interés era mejorar su calidad de vida, devolverles su dignidad, su derecho a vivir y a ser. Tal decisión impactó a líderes mundiales, galardonándola con el Premio Nobel de la paz en 1979.

Ella proyectaba una personalidad amable, bondadosa y sosegada; en su concepción del mundo no cabe la maldad. Una mujer con convicciones muy firmes y claras, por ello no era fácil manipularla o hacerla desistir de las inspiraciones del buen espíritu. Se vio obligada, incluso, a resistir los embates de personas, ofuscadas por el mal espíritu, dentro de la Iglesia y fuera de ella.

Exhibía una personalidad ecuánime con capacidades relacionales; sabía interactuar correctamente y sin ningún temor con cualquier tipo de persona e instituciones, dejando siempre un mensaje iluminador y cuestionador para los individuos, los gobiernos y los estados.

Su fe poderosa, su amor infinito a Dios y al prójimo, así como sus cualidades morales, la distinguían como una religiosa humanitaria, bondadosa, misericordiosa y compasiva que tomaba partido por los más pobres e indefensos.

No ambicionaba acumular riquezas materiales, ni placeres, ni honores personales, solamente pretendía irradiar el amor y la misericordia de Dios; mover a las personas y a los gobiernos a elaborar políticas a favor de los excluidos de la sociedad y de las familias más pobres.