Dom. Feb 25th, 2024

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Despertar el sentido de la honestidad

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En medio de un diálogo ameno y fraternal, me comenta un entrañable amigo que, compartiendo con su familia en una plaza conocida de la capital, olvidó su celular en el área destinada a la recreación en dicho lugar.

Al percatarse de que había dejado su móvil, regresó en su búsqueda; pero, lamentablemente, el mismo había desaparecido. Recurrió, entonces, al personal de seguridad y le contó lo sucedido, procediendo ellos a revisar las diferentes cámaras de vigilancia que cubren ese espacio; verificando las mismas, observaron que quienes tomaron el celular, cuidándose de que nadie lo note; fue una pareja de esposos que estaban acompañados de sus hijos pequeños; es decir andaban en familia.

Esos niños, con su inocencia a flor de piel y sus mentes de esponjas, fueron testigos del comportamiento cuestionable de sus progenitores; ellos, me imagino, regresaron muy contentos y orondos a su hogar, luego de haberse llevado ese objeto de valor o “tremendo premio de la fortuna”.

Deduzco que aún, en presencia de sus infantes, se sentaron hablar de los posibles usos que le darán; sin ni siquiera detenerse a pensar de la horrible enseñanza y mal ejemplo que acabaron legar en sus hijos. Se olvidaron de esta frase de William Shakespeare, cuando se refiere a que: “ningún legado es tan rico como la honestidad”. Es que la forma más vigorosa e impactante para enseñar honestidad a los hijos es practicar con el ejemplo diario, con las lecciones que la vida va poniéndonos en el camino.

Pero, si desde la familia se falla en cultivar el ejercicio de la honestidad; entonces trágicamente se irá normalizando lo deshonesto en lo cotidiano, y esto contribuirá, de manera notoria y peligrosa, en la progresiva degradación social y moral de una sociedad.

Planteamos lo anterior, porque es de mucha preocupación y tristeza observar, en nuestra ciudadanía, como ante un accidentado, en vez de brindarle auxilio, se le está saqueando de sus cosas; como el ejercicio de la posverdad agiganta sus pasos de manipulación en la opinión pública, distorsionando de manera confusa y deliberada la realidad. Como se ha perdido la capacidad de asombro ante el robo de una luz roja del semáforo; se invaden los terrenos que no son suyos, bajo una vana justificación “social”.

De igual manera, vemos cómo se está colando con cierta facilidad y permisividad, la cultura del engaño o las trampas en el entramado social. La mentira se tiene como un fin para obtener pingües beneficios y se encuentra por todas partes. Asimismo, se puede notar, cómo languidece la ética ante el ejercicio deplorable de muchas profesiones. Como se recurre al dopaje para alcanzar gloria en el Olimpo de alguna práctica deportiva.

Si para alcanzar más estatus social y económico, se debe evadir el fisco, se hace sin miramiento ninguno; en definitiva, esto se ve como una señal de “éxito y de ciertas habilidades”. Por igual, se destruye y aprovecha, de manera desequilibrada, el medio ambiente y los recursos naturales, alegando un falso desarrollo que pone en jaque la vida del planeta.

Estos episodios y otros no mencionados en esta reflexión, nos debe movilizar a impulsar un despertar de la cultura, de la honestidad en los diferentes escenarios de la vida humana; que es hacer de esta virtud un ejercicio que se cultive y se exija con devoción suprema. Es marcar tendencia en ser coherente con lo que piensa, teniendo un grado de autoconciencia significativo con sinceridad.  Es ser influencers de una verdad que se defienda sin tibieza, se promueva con valentía y se practique con perseverancia como un norte a seguir.

Despertar el sentido de la honestidad es darle supremacía al bien, en los distintos roles y realidades que nos toca vivir. Para ser efectivo ese despertar, debe nacer de una fidelidad consigo mismo, que no albergue intenciones ocultas y egocéntricas; que integre, con buena voluntad y congruencia, el pensamiento, el sentimiento y la acción en hacer lo correcto; es decir, que lo que se piensa, se diga vaya en consonancia con lo que se haga. Entender que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad” (Séneca).

Mantener despierta la honestidad es una misión continua y humana.