Sáb. Feb 4th, 2023

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DON BOSCO: UNA PEDAGOGÍA DEL CORAZÓN

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Unos ojos echaron un vistazo al otro lado de los barrotes para ver mozalbetes elevando improperios a su existir; unas manos halaron el brazo de un niño tirado en el suelo junto a sus esperanzas. Una sonrisa se dibuja en el rostro de un sacerdote que desde su puericia se entregó a la labor del campo y al trabajo honrado. Una voz dulce pero enérgica dice: “No hay jóvenes malos, hay jóvenes que no saben que pueden ser buenos y necesitan de alguien que se los diga”.

La frase anterior no es de las más conocidas de San Juan Bosco, pero entiendo que sí la más atinada para hablar de su estrategia educativa. El que marcaba sus huellas en el camino del prado mientras atendía el ganado, que recogía el trigo y llenaba cubos con el agua del pozo, no pensó nunca ser recordado por la humanidad. Pero, el sueño de los nueve años, en donde recibió el llamado de Dios, le conduciría a una vida apasionante… aún se conservan los frutos.

En camino a la misión

¿Obstáculos? Los hubo de más, desde su hermano mayor, hasta la situación económica del momento. Pero nada de esto redujo sus deseos de avanzar. Una caricia y la mirada triste de la madre le despidieron. Le era necesario marcharse, no podía seguir bajo el mismo techo que Antonio (su hermano) quien no apoyaba su sueño de estudiar y ser sacerdote. Por ello, se lanzó a la inseguridad de las calles, y trabajó desde los rayos del dorado hasta el silencio color plata. Antes de ir a dormir, se sumergía en las páginas de algún libro para alimentar el intelecto.

¡Y creció aquél pequeño saltimbanqui! La prestidigitación ya no sería con animales u objetos, sino que haría desaparecer las penas de los que le rodearan y mágicamente tatuaría en sus rostros la alegría santa. En su proyecto, “el oratorio”, recibía los casos que la sociedad marginaba. Pandilleros, embusteros, ladrones, bravucones, revoltosos… todos los así etiquetados por la colectividad, fueron acogidos en aquella realidad que inició con un silbido. (Link Inicio del oratorio)

Reunió a los chicos que eran explotados con largas horas de trabajo y poca remuneración, a aquellos que pagaban sus delitos tras las rejas, a los que no tenían dónde ir… y les dio una casa “que los acogió”, una escuela “que les educó”, una iglesia, “que les evangelizó” y un patio “en donde compartieron alegría” … A ese sacerdote de Valdocco (en Turín, Italia), hoy le reconocemos como Padre, Amigo y Maestro de la Juventud, por haber salvado las almas de esos en quienes muchos desconfiaban. ¡Cuántos jóvenes en los distintos grupos son apartados al primer error que cometen!

Amor, Razón, Religión

Don Bosco consideraba que la mejor manera para evitar que las cárceles se llenaran de adolescentes y jóvenes, era ofrecer una enseñanza de prevención. “Amor”, “Razón” y “Religión” es el trípode del Sistema Preventivo que le funcionó.

El amor, es fundamental, porque para él, “la educación es asunto del corazón”. Cuando una persona se siente amada, abre su interior y confía. Este cura italiano conocía todo de sus jóvenes, y por ello les comprendía y sabía cómo ayudarles.

Cuando entra en juego este conocimiento sobre el muchacho, entonces ha sido activada la razón, que, como gran aliada, elabora estrategias de seguimiento y revela el antídoto, da el remedio, abre las puertas al joven para que salga de la situación.

La religión no es, por mencionarla en este orden, la más insignificante de las columnas, al contrario, todo va unido a ella. La fe es central en la pedagogía de Don Bosco, ella alza los brazos que dan un apretón de amor e ilumina la razón, conduciéndola al discernimiento. En definitiva, el zagal, sabiéndose amado, y viendo de frente una oportunidad para ser mejor, entrará en la dinámica de mantenerse en la vía correcta, o se encarrilará en caso de haber salido del riel.

 El último aliento

El Sistema Preventivo de Don Bosco, es aplicable a todos los ámbitos en los que hay un necesitado de formación y uno con ganas “reales” de formar. Digo “reales”, a raíz de que, no todos enseñan de buena gana. Si ponemos el corazón, entonces sí podremos transformar la vida de tantos jóvenes que, según dijo el Papa Francisco en la JMJ en Panamá, son “el hoy de Dios”, pero ignoran que son capaces de ser mejores, de ser grandes. Al final de la jornada, reclinaremos la cabeza en paz, porque las cárceles no verán jóvenes, las calles no serán vitrinas que los exhiban y la alegría se dibujará en sus rostros. Entonces sí habremos dado, como San Juan Bosco, hasta el último aliento por ellos.

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