Mié. Sep 30th, 2020

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo A. “Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.”

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El evangelio de hoy es el final del cap 18, el discurso de la comunidad, del que leíamos otro fragmento el pasado domingo. El evangelio se refiere, por tanto, a la vida comunitaria. Pedro pregunta, en efecto, cuántas veces tendrá que perdonar a “mi hermano”, que es la designación propia de los que compartían la misma fe en Jesús.

Nuestro evangelio de hoy es continuación de aquél, tratando de romper toda posible limitación de la misericordia: Pedro, en un alarde de acercamiento al pensamiento de Jesús, propone que se perdone al que peca, siete veces, tres más de lo que proponía el rabinismo judaico. Pedro arranca de un pensamiento legalista, aunque generoso. Pedro no se compadece del pecador.

Ser cristianos nos exige perdonar siempre, por difícil que sea; y si no queremos dar ese perdón, Dios no nos puede admitir.

Si el ser cristiano, pues, comporta, la actitud del perdón constante, resulta muy evidente que la comunidad cristiana debe ser un lugar modélico en este sentido. Y se podría decir que, según los criterios del evangelio, si dentro de la comunidad cristiana sus miembros no son capaces de tener ese espíritu de perdón mutuo, significa que poco cristianismo verdadero debe haber ahí.

Arrepentimiento: solo el que siente la gran necesidad de ser perdonado perdona de corazón. El incapaz de arrepentirse es incapaz de perdonar. La autenticidad del amor se expresa y se prueba en el mutuo perdón de las faltas.

Lo más significativo del perdón no es la remisión de una pena merecida, sino el hecho de que el amor de quien perdona se ve más claramente como inmerecido. Así lo reconoce Pablo: “Apenas hay quien muera por un hombre honrado y, sin embargo, Cristo murió por los impíos” (Rm 5. 7). El amor de Dios es algo de bastante más valor que la fabulosa cantidad que cita la parábola y, sin embargo lo tenemos siempre con nosotros.

La revelación de Dios como amor y como perdón culmina en la existencia total de Cristo, misterio de reconciliación de Dios con la humanidad.

La medida de Dios será de misericordia. Menos para aquellos “que no tuvieron compasión de sus compañeros, como yo tuve compasión de ti”. El Padre será juez “si cada cual no perdona de corazón a su hermano”, porque no ha transmitido lo que recibió. Si Dios perdona graciosamente las mayores deudas, nadie puede aducir razones válidas para negar el perdón a otro. El perdón de Dios tiene que ser para ti una realidad.

La medida de Dios será de misericordia. Menos para aquellos “que no tuvieron compasión de sus compañeros, como yo tuve compasión de ti”. El Padre será juez “si cada cual no perdona de corazón a su hermano”, porque no ha transmitido lo que recibió. Si Dios perdona graciosamente las mayores deudas, nadie puede aducir razones válidas para negar el perdón a otro. El perdón de Dios tiene que ser para ti una realidad.

Por eso en la parábola que hemos escuchado Cristo no sólo enseña que el perdón de Dios depende del perdón que nosotros ofrecemos a nuestros hermanos, sino que, además, sugiere que cuando nosotros perdonamos estamos siendo agraciados con el perdón de Dios.

Fijaos bien en el siervo de la parábola: se le ha perdonado una suma fabulosa de dinero, como unos setecientos millones de pesetas, pero este perdón no se hace sólido hasta que él no sepa comportarse generosamente con su compañero. Y así, al ponerse al descubierto su actitud mezquina, el Señor reclama lo que era suyo.

El perdón y la misericordia son actitudes de fondo propias de toda vida cristiana en la Iglesia. Constituyen la característica del cristiano que quiere seguir a Cristo. La Iglesia es una comunidad de perdón y de misericordia.

Nuestro Dios es el Dios del perdón y la misericordia. Perdona siempre a aquel que se arrepiente de verdad. Y nosotros, como hijos suyos, nos parecemos a Él. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». No puede ser de otra manera. Por eso Jesús dice que hemos de perdonar «hasta setenta veces siete», es decir, siempre. 

El perdón de Dios es gratuito: basta que uno se arrepienta de verdad. También el nuestro ha de ser gratuito. La primera y tercera lecturas nos hablan del perdón de los pecados. En la segunda San Pablo desea que no vivamos para nosotros mismos, sino para el Señor.

Nosotros, dentro de nuestras limitaciones, hemos de hacer lo mismo con los que nos ofenden. Así estaremos dispuestos para bendecir al Señor con todo nuestro ser y no olvidar sus beneficios».

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