Mar. Dic 1st, 2020

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Aquel día

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Todos tenemos en la vida momentos únicos, especiales e inmensamente llenos de tan gratos recuerdos que el rememorarse es como volver a vivir.

Son aquellos episodios que siempre se deslumbran en el alba del valle de la reminiscencia placentera. Son aquellos instantes que hacen de cualquier otoño una eterna primavera, en donde cada hoja al caer se convierte en pétalos, que cubren el camino de la vida con la alfombra de las ilusiones.

Son aquellas ocasiones que siempre traen suspiros imperecederos. Por eso cuando en el tren de la vida nos corresponde vivir día cómo lo antes expuesto; lo celebramos y disfrutamos con tanta plenitud que regocija cada rincón del alma.

En el contexto de este sentir, pongo de manifiesto lo que en mi vida aconteció un 20 de octubre:

Aquel día hace quince (15) años, amaneció con cierto toque de magnificencia; increíblemente el sol estaba vestido con un esmoquin resplandeciente; las aves entonaban trinos de amor y danzaban con saltos sincronizados de rama en rama, dándole un toque de estelaridad a esa mañana; en el amplio cielo se divisaban las nubes que agarradas de las manos formaban la figura de un enorme corazón; pero a pesar de todas esas manifestaciones de connivencia de la creación, no puedo dejar de reconocer, que brisas ligeras de nervios abatían con cierta sutileza de ansiedad mi quietud.

Por un lado, me sudaban las manos, me temblaban las piernas, mis pulsaciones parecían el repicar de tambores en medio del silencio, la casa en donde me encontraba se convirtió en una pista de atletismo, caminando de aquí para allá y allá para acá, pero mientras eso ocurría se agiganta la beatitud en el horizonte de mi existir.

Y así como avanzaba el día, para llegar al momento pautado y esperado, mi ser estaba siendo invadido por maripositas invisibles con una multiplicidad asombrosa de colores de alegría y felicidad.

Entonces llegó la hora, en donde el mismo Dios, con una vestidura de luz, nos recibía en el altar con una sonrisa tan universal, acogedora y tan llena de complicidad, y lo más hermoso fue verlo aplaudir con tanta emoción divina, porque ante su presencia estábamos dos seres que fruto de su infinito amor y misericordia habíamos decidido unir nuestras vidas para toda la vida sujeto a su bendición y designio.

Fue ese 20 de octubre que Dios me otorgó el más bello de los regalos, una rosa de belleza inigualable con dulce aroma de dicha, bienaventuranza y amor: ROSALIS.

Tú has sido y serás la decisión más acertada de mi vida; eres música que envuelve mi alma; eres la poesía de mis anhelos, eres las olas que bañan las playas de mi eterno amor, eres la danza que baila mi corazón; eres la única canción más sonada en la emisora de mi ser; eres ternura, razón y felicidad, eres mi complemento y mi bendición.

Celebrando estos 15 años, elevo mi gratitud perpetua al compás de oraciones y alabanzas a nuestro Dios Padre Celestial, por coronarme con tan hermosa musa que inspira mi caminar.

Aprovecho con su gracia santa renovar esta unión para que nunca le falte el vino milagroso de las bodas en Caná de Galilea y que permanezcamos más allá de los desafíos y retos de la vida: Juntos y muy felices.

¡Feliz Aniversario de unión matrimonial!
¡Te amo y te amaré por siempre!

Tu Ángel Gomera
20 de octubre del 2020