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“El Señor es mi Pastor, nada me falta”

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Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

Solemnidad de Cristo Rey

22 de noviembre de 2020 – Ciclo A

a) Del libro del profeta Ezequiel 34, 11-12.15-17.

Este texto es una cla­ra condena a las autoridades de la época por no cum­plir con su deber con relación al rebaño, al pue­blo de Israel, que encontraron normal gozar el poder y la ri­queza sin considerarse primero como los servidores del pueblo de Dios.

El Señor, pues, será el buen pastor que cuidará su rebaño con esmero y manifiesta cuá­les son los deberes del pastor: reunir a las ovejas, protegerlas, dar alimento a todos y reprimir a los prepotentes. Se acabaron entonces los días de nubes y ti­nieblas en que el Señor parecía lejano e Israel carecía de espe­ranza. Él reunirá a su pueblo de entre las naciones. El Reino que ha preparado Dios para esa mu­chedumbre desalentada supe­rará todo lo que ellos podían es­perar. No tendrán solamente la prosperidad material, sino que vivirán en paz y descansarán junto al Señor.

b) De la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 15, 20-26. 28.

San Pablo habla a la comuni­dad de Corinto en lenguaje apocalíptico y se refiere a Cris­to como Señor del Universo y también a la resurrección de los muertos. Pues, a esta comuni­dad le resultaba difícil aceptar la doctrina de la resurrección de la persona entera, en cuer­po y alma, debido a la influen­cia filosófica griega. Para ellos las almas humanas se conside­raban merecedoras de libera­ción; desechaban la prisión del cuerpo para volver a su esta­do espiritual anterior. Frente a esas ideas, Pablo presenta la en­señanza cristiana que nos dice que Cristo con su muerte y Re­surrección de entre los muer­tos, venció el pecado de Adán y abrió el camino de la vida eter­na.

c) Del Evangelio de San Mateo 25, 31-46.

San Mateo relata la revelación apocalíptica de la Segunda Ve­nida de Cristo en el Juicio Final. Aparecerá el Hijo del Hombre, viniendo en poder sentado en el trono de su gloria, como rey que es, reunirá ante sí a todas las naciones de la tierra para iniciar el juicio.

Jesús describe la conducta contrapuesta que motivará la sentencia final de ambas partes separadas por el pastor-juez a su derecha y a su izquierda, fa­vorable o desfavorable. Ambos grupos coinciden en la pregun­ta de sorpresa e ignorancia, y la misma respuesta del Juez di­vino es la gran revelación que motiva la sentencia desigual. Los malos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna.

El juicio final no se hará se­gún medidas, ni criterios estre­chos de tipo jurídico o moral. Tendrá en cuenta más bien la intención fundamental de to­da la vida del hombre. Al hacer gravitar el juicio sobre el amor al hermano necesitado, se pro­duce una concentración en la realidad cristiana fundamen­tal que lo envuelve todo: “Amar es cumplir la ley entera” (Rom. 13, 8-10).

El Reino de Dios, aun sien­do escatológico, está presen­te en nuestro mundo desde la venida de Jesús, si bien no se ha manifestado en toda su plenitud. Igualmente, el juicio escatológico está realizándose en el presente de nuestra vi­da. El dictamen final será ha­cer pública la sentencia que vamos mereciendo día a día con nuestras obras de amor o desamor. Los hombres serán juzgados según la aceptación o el rechazo de Cristo a quien no vemos en carne y hue­so, pero que se identifica con cuantos sufren en la tierra.

La liturgia de la fiesta de Cristo Rey nos interpela de cara a nuestro compromiso con los hermanos más necesitados. El culto eucarístico debe reflejar el culto de nuestra vida y vicever­sa, porque se necesitan mutua­mente. El culto completo del discípulo de Jesucristo se ex­presa en la solidaridad con to­dos los pequeños, sufrientes y marginados. Esta es la religión que acepta el Señor como dice el Apóstol Santiago.

Fuente: Luis Alonso Schökel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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