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Sacerdocio, don y tarea

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Según la segunda Carta de San Pablo a los Corintios, capítulo 4, versículo 7, el don de Dios se esconde en “vasijas de barro”; usa la condición pecadora del hombre, barro, para manifestar su poder, su grandeza, su amor y su misericordia.

Una vasija contiene, normalmente, algún fluido especial, sea vino, aceite o agua; en este caso la vasija, llamada ser humano, está hecha para que Dios habite en ella. El cristiano ha nacido para ser una vasija de barro y el apóstol Pablo así lo declaró: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no nuestro”. El tesoro, que es Cristo, envuelve nuestra naturaleza: frágil, vulnerable, débil, porque necesitamos ser curados.

Cada sacerdote es eso, una vasija de barro. Por tal condición, el sacerdocio ha de ser reconocido como un don y no como una gloria humana; y acogiéndolo con humildad y valentía, llegar a custodiarlo con dedicación y esmero para que los excesos humanos no lo desfiguren.

El sacerdocio, antes de ser un oficio o un quehacer, es un don de Dios confiado a los hombres para anunciar su Palabra y hacerlo presente en el mundo. De hecho, san Pablo se considera a sí mismo un simple vaso de barro, reconociendo que toda su obra apostólica es fruto del poder de Dios obrando en él.

El sacerdote ha sido elegido de entre los mortales para ser mediador entre Dios y los hombres, es decir, otro Cristo; por lo que está llamado a ser: maestro y médico, fuerte y tenaz; dotado de suavidad y de ternura, guiado por la delicadeza, la amabilidad y escuchando con el corazón.

Es un constructor de puentes, nunca de muros; un defensor de la fe, nunca un apóstata; un ministro de brazos abiertos; movido por la convicción de que la Iglesia crece por atracción, por el testimonio y por la predicación, nunca por el proselitismo.

El sacerdote asume la tarea, según el Papa Francisco, de actuar como una persona libre en el ser, en el decir y en el hacer. No negocia ni compromete su profetismo. Por eso, no adopta el lenguaje moralista, sino el lenguaje y la fuerza del Evangelio; rechaza la envidia, el afán de hacer carrera y el deseo del tener; educa para erradicar la desinformación, la difamación, la calumnia, la arrogancia y la hipocresía; la “mundanidad espiritual” y la “auto referencialidad”; la “burguesía del espíritu” y los “cristianos de salón”; los “creyentes de museo” y los “cristianos con cara de funeral”.

En fin, el sacerdote no teme a las exigencias del Evangelio en el seguimiento de Jesucristo. Vive donde la gente sufre y goza, lucha y trabaja. Está volviendo a Jesús y a su Palabra cada día.

Nos alegra y celebramos que la Iglesia católica dominicana en este año 2023 ha tenido la bendición y la gracia de celebrar alrededor de veinticinco ordenaciones sacerdotales. Y, de muchísimos aniversarios de ordenación sacerdotal: veinticinco, cuarenta, cincuenta y sesenta años. ¡Felicitaciones para todos!