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VEN A MI VIÑA.

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EVANGELIO DE HOY: 23/8/23 (Mt 20,1-16a).

El Reino comienza con el amor del Padre. Es Él quien sale a buscarte desde el amanecer de tu existencia. Eres el jornalero a quien Él encuentra. No te captura, sino que te hace la propuesta para trabajar en su viña, en su obra. El mismo Señor es quien emprendió tu búsqueda. Posteriormente, mientras tú laboras, Él no se detiene. Busca más obreros y más obreras, a diversas horas, porque necesita más trabajadores. Las manos nunca son suficientes. La viña, realmente, es bastante grande.
 
¿Recuerdas la hora y la circunstancia cuando el Señor te encontró? ¿Cómo inició tu jornada? ¿Quiénes comenzaron primero que tú, quiénes se sumaron luego? No olvides nunca lo que Él planteó: “te pagaré lo debido”. Lo debido es aquello que es imprescindible para tu vida, tu salvación. El Señor provee, no lo que tú persigues, lo que tú intuyes, sino lo que te hace bien. El bien comenzó con la invitación que te hizo: “ven a mi viña”.
 
No te sorprendas de quienes se van integrando más tarde, enviados por el dueño de la viña. No retengas en tu memoria la hora en la que cada uno llegó ni el tiempo que tienes tú. Lo más importante es que tú trabajes y otros sigan llegando. Hay mucha gente sin trabajar, sin que nadie les contrate. O sea, carecen de oportunidades para incorporarse, o por diversos motivos estuvieron dispersos. No se te pide que investigues la causa, sino que abras espacio, porque eres un simple jornalero, y no el dueño de la viña.
 
La parábola te invita a desapegarte de la paga, a no tener una mirada calculadora sobre el trabajo en su viña. Por eso, te hace ser testigo del salario de los últimos. Es una experiencia que confronta: la santidad de Dios y la mezquindad humana. Los secretos criterios para la distribución del salario hacen contemplar el corazón del Padre. No tienes derecho a reclamar, el dueño de la viña ha sido justo; sólo se ha dado permiso de ser lo que es: sumamente bueno. Se maneja con la libertad que le ofrece la misericordia. Los envidiosos terminan yéndose de la viña, porque no toleran la bondad de Dios.
 
Señor: enséñame a trabajar en silencio. Silencio en mis labios, en mi mente, en mi corazón. Nunca quisiera escuchar que me digas: “toma lo tuyo y vete”. Prefiero permanecer en la gratitud que tú me inspiras. Aunque aguante todo el peso del día y el bochorno, dame humildad, prudencia, temor, para no exigir nada para mí. En mis sudores y en mis fatigas, quisiera un día decir: “He hecho lo que debía hacer”.
 
1.  ¿He calculado el tiempo en que los hermanos y hermanas se integran a la comunidad? ¿Con qué fin lo he hecho? 
2. ¿Cómo reaccionas si, al que llegó último, le dan un cargo más relevante que el tuyo? ¿Qué aprendes con esta parábola del evangelio? 
3. ¿Cómo tratas a los jornaleros que llegaron más tarde que tú? 
4. ¿Respeto la libertad del Señor, que hace lo que quiere con lo suyo?