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Sean Santos

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La psicología en su tarea de promover y cultivar la salud física, mental, emocional y espiritual de la persona, propone procesos, pasos, metas que se han de alcanzar; tal es el caso de Abraham Maslow, quien con su archiconocida pirámide promueve como meta última la autorrealización; de igual modo, Carl Rogers plantea la autoaceptación. Igualmente, el cristianismo plantea como meta última del crecimiento humano y espiritual, la santidad.

El primer día del penúltimo mes del año, los cristianos católicos celebramos el día de todos los santos. No solo promovemos la santidad, sino que también la celebramos como don de Dios y como tarea que compete asumir a cada persona.

Todo individuo está llamado a ser santo “porque es la voluntad de Dios, la santificación”, lo anhela para todos, quien es el santo por antonomasia; llama a “ser santos e inmaculados en el amor, ser perfectos como el Padre es perfecto”.

El Papa Francisco insiste, animando a dejarse interpelar por el Evangelio, a vivirlo con radicalidad, sinceridad y alegría para alcanzar la santidad, porque “el Señor nos ha elegido para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor”. Como afirma el teólogo y moralista español, Eugenio Alburquerque: “la santidad constituye nuestra vocación más íntima y caminando hacia la santidad nos realizamos como personas y como cristianos”. Esta no es exclusiva de: religiosas, sacerdotes y obispos, sino que está al alcance de todos.

Se puede ser santo ocupándose del cónyuge, de los hijos; cumpliendo con honradez y competencia el trabajo a favor de los demás; siendo buen político o funcionario; siendo buen sindicalista; enseñando, con paciencia a los niños, a seguir a Jesús; luchado por el bien común y renunciando a los intereses personales. Como dice la Exhortación Evangelii Gaudium: “La santidad no es sino la caridad plenamente vivida”. Al cumplir la propia misión se alcanza la santidad. Solo hay que “vivir la propia entrega, dándole un sentido evangélico para identificarnos más y más con Jesucristo”. No hay que temer a la santidad, ella no nos va a quitar brillo, vida o alegría; al contrario, promueve la humanidad, la fecundidad y la excelencia. Sería una gran tristeza no llegar a ser santo.

Según el Papa Francisco, hay dos enemigos, falsificaciones sutiles de la santidad que confunden: el gnosticismo y el pelagianismo. Ambas posturas dan lugar a un elitismo narcisista y autoritario; no se evangeliza, sino que se clasifica a las personas; no se facilita la llegada a la gracia, sino que se consumen las energías vigilando a los demás.

La Carta de ruta de quien se propone ser santo son las bienaventuranzas; las cuales constituyen el “carné de identidad del cristiano y la síntesis del Evangelio”. Bienaventurado es sinónimo de santo. Estas las vivimos cuando desterramos: el orgullo, el egoísmo y la comodidad. Las bienaventuranzas nos comprometen con los más vulnerables, los afligidos, los hambrientos de justicia, los perseguidos y los migrantes. Por lo cual, el santo no se lamenta de sus errores ni se victimiza; al contrario, es optimista y audaz.