Dom. Dic 3rd, 2023

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SANTIDAD PARA TODOS

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LECTURAS DE HOY: 1/11/23 (Ap 7,2-4.9-14; Sal 23; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12a).

En este día en que la Iglesia celebra la solemnidad de todos los santos, vamos a meditar en este hermoso llamado. La “santidad”, como concepto, parece ser una palabra en desuso. Realmente ha sido víctima de malas interpretaciones, causando que algunas personas se sientan frustradas y desistan de esta. Sin embargo, especialmente con el papa Francisco, se ha hecho un camino para recuperar esta vocación primera, y que este llamado siga resonando en el corazón de los cristianos, en todos sus estados de vida; de ahí la expresión: “llamada universal a la santidad”. Tú estás llamado a la santidad, y la vida te resultará vacía y sin sentido hasta que no entres en esta finalidad existencial.
 
¿Cómo iniciar conscientemente el camino a la santidad? Lo primero es escuchar a Jesús dentro de ti. Dale importancia y primacía a ese Amor que te habita, y que te invita a entrar en su aposento; Él te lleva de la dispersión al recogimiento. La dispersión es enemiga de la santidad. Tú te dispersas, concentrando toda tu atención detrás de cosas que pueden ser buenas, pero que no son las que van a determinar la autenticidad y la felicidad, tu presente y tu futuro. La unión con Cristo es santidad.
 
Es importante que leas la vida de los santos y las santas. Porque ellos están vivos y son fuerza de amor que te animan y te instruyen. Te dicen que no estás solo en esta búsqueda de Dios. Recordando que quien busca a Dios es porque ya lo ha dejado habitar dentro. El santo y la santa son los que han entrado en relación íntima con el Señor y hacen todo con Él, para Él y por Él. No van detrás de sus dones, sino detrás de Él mismo. Tú eres un proyecto del Padre, auténtico, para vivir en santidad. Aprende de los santos y las santas, pero luego has de emprender el camino desde tu propia identidad, con tus gracias y limitaciones. Copiando y falsificando no se llega a ser genuino. Importa tener en cuenta que la santidad no es un camino solitario, siempre se hace en comunidad.
 
El Apocalipsis te abre las puertas del cielo para que comprendas lo que te espera si perseveras en este caminar: te espera ser parte de esa muchedumbre inmensa, vestida de blanco y con palmas en las manos que, junto a los ángeles, alaban a Dios. Para esto, ahora, has de purificarte en las tribulaciones, en el compromiso, en la entrega total y sin reservas a Dios y a los hermanos. Porque en este santo sacrificio vas a lavarte por entero en la Sangre de Cristo. Por eso dice el Salmo: “Este es el grupo que viene a tu presencia”. Es el que ha recibido la bendición de Dios; por haber vivido con un corazón puro. Amando, sirviendo, practicando la justicia y la honestidad.
 
San Pablo nos recuerda que los santos y las santas son aquellos que se han tomado en serio ser “hijos e hijas de Dios”; que corresponden a la gracia de ser semejantes a Él; revelación que va en progreso y que se perfecciona en la vida eterna.
 
El camino más seguro y práctico es el que nos da Jesús en las bienaventuranzas. Así no hay cómo perderse. Si quieres ser santo de verdad: sé pobre en el espíritu, llora y sufre por las cosas que Cristo y María lloraron y sufrieron, siente hambre y sed de justicia, sé misericordioso, limpia tu corazón, trabaja por la paz, y no le temas a las persecuciones ni a los insultos ni a las calumnias.    
 
Entre los medios imprescindibles que la Iglesia señala para esta meta: la oración, la vivencia sacramental, especialmente la Santa Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia; la Lectura Orante de la Palabra, ejercicios espirituales, dirección espiritual, etc. El papa Francisco recomienda actitudes esenciales: aguante, paciencia, mansedumbre; alegría y sentido del humor; audacia y fervor; vida comunitaria… sin olvidar que debes contar con la asistencia del Espíritu para el combate, permanecer en disposición vigilante y en clave de discernimiento.
 
Tú puedes ser ese “vecino de la puerta de al lado”, que muestras con tu vida cotidiana, con tu testimonio, que la santidad es el rostro más bello de la Iglesia.
 
Santos y santas: rueguen por nosotros.