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LES DIO A BEBER AGUA DE SABIDURÍA

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Queridos hermanos, hoy seguimos con el segundo día de la Mistagogia. La Iglesia comienza la celebración de la Misa con este versículo: «Les dio a beber agua de sabiduría; si se apoya en ella, no vacilarán; los ensalzará para siempre. Aleluya» (Eclo. 15,3-4). Para entender esta liturgia tenemos que hacer una retrospección. Volver a la Cuaresma.

Recuerden, hermanos, en Cuaresma no doy homilía. Porque la preparación a la Pascua hay que hacerla muy bien. Hemos de volver al tercer domingo de Cuaresma. Va llegando una mujer para hacer su rutina diaria. Jesús está esperando a esta mujer que anda buscando un cliente para saciar su sed. Jesús espera a una que no lo espera. Pero Él ya va salvar lo que Él esperó pacientemente. Aquí hay una palabra que hay que conocer. La palabra «buscar» que en hebreo es “dodim” tiene una gran profundidad. Dodim significa amor en búsqueda. Por eso en el Cantar de los Cantares dice: «Busqué al amor de mi alma, lo busqué y no lo encontré» (Ct 3,2c; 5,5).

Ese amor en búsqueda provoca que no se descanse. Pero en esa búsqueda vienen los guardias que hacen la ronda (fr. Ct 5,7), golpean, hieren, despojan y desnudan. Este amor en búsqueda con la perseverancia llega a su fin. Al encuentro con el amor. Ese amor encontrado se llama “ahabah”. Por eso vemos en la amada que dice: «Me encontraron los guardias que hacen la ronda de la ciudad: ¿? Apenas los había pasado, encontré el amor de mi Alma. Lo agarré y no lo soltaré hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me concibió» (Ct 3,3-4). En la alcoba.

Esta alcoba es el lugar de la Iglesia donde las aguas bautismales recrean al hombre suscitando el hombre nuevo. Es el lugar donde nos nutrimos, es decir, la sala del banquete. Esta mujer iba a los pozos a buscar a alguien que la quisiera. Nunca, como les he explicado ese domingo de la mujer samaritana, esta mujer había tenido un encuentro con uno que le diera vida. Buscaba a los guardias que la habían dejado abandonada y desolada; ahora al encontrar al amado se ha convertido en su complacencia (cf. Is 62,4).

Esta mujer, la samaritana, que no tiene nombre, porque somos nosotros, ha encontrado a uno que le ha dado esa agua que nos colma hasta tal punto que soltamos el cántaro del chantaje y de la seducción para conquistar a los que aguardan para entrar en las componendas con la muerte. Ya esta mujer se cura como la hemorroísa se curó al tocar a Cristo.

Seguimos avanzando. El lunes santo aparece otra mujer. María de Betania, una mujer amargada, vivía de los afectos. Era una enferma de afectos. Esta mujer se convirtió dando su frasco de perfume amargo para recibir el dulce perfume de la resurrección.

María Magdalena.

Hoy vemos una tercera mujer, María Magdalena. Esta mujer anda nostálgica buscando el cuerpo inerte de Jesús. Dios la está preparando para una búsqueda más profunda. Dice el texto que ella lo confundió con el hortelano. Se ve bien claro que ahí hay una fuente de agua y hay también un jardín. Si nos detenemos un momento, vemos que aquí se nos pide que busquemos de otra manera. No carnal ni espiritual.

El Apóstol da una recomendación: «Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado en la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros aparecéis gloriosos con él» (Col 3,1-4). De este modo, nuestra vida sufre una transformación. El desorden interno que llevamos, con Cristo se redime.

También la misma creación experimenta esa transformación con la manifestación gloriosa de los hijos de Dios. El desorden de la creación empieza en el interior del hombre por eso la amada grita: «¡La voz de mi amado! Miradlo, aquí llega, saltando por los montes, brincando por las lomas. Es mi amado a una gacela, parecido a un cervatillo… Hablar mi amado y me dice: Levántate, amor mío, hermosa mía, y vente. Mira, ha pasado el invierno, las lluvias cesaron, se han ido. La tierra se cubre de flores, llega la estación de las canciones; ya se oye el arrullo de la tórtola por toda nuestra tierra. Despuntan yemas en la higuera, las viñas se ciernen, perfumean. ¡Anímate, amor mío, hermosa mía, y ven! Paloma mía, escondida en las grietas de la roca, en los huecos escarpados, déjame ver tu figura, deja que escuche tu voz; porque es muy dulce tu voz; y atractiva tu figura. Cazadnos las raposas, esas raposillas que devastan las viñas, nuestra viña en flor. Mi amado es mío y yo de mi amado, que pasta entre azucenas. Antes que sople la brisa, antes que huyan las sombras, vuelve, amado mío, imita a una gacela o a un joven cervatillo por los montes de Béter» (Ct 2,8-17).

Nuestra vida cuando el Amado se ha hecho presente se ha vuelto una primavera. Termino con el versículo que introduce esta semana: «El Señor os ha introducido en una tierra que mana leche y miel, para que tengáis en los labios la instrucción del Señor» (Éx 13,5.9).

¡Hazme oír tú voz amado mío!

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