Lun. Oct 19th, 2020

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Los homosexuales: hijos de Dios e hijos de la Iglesia

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Foto: Revista Semana

 La semana pasada, el papa Francisco, después de haber concluido una audiencia pública en el Vaticano, saludó a un pequeño grupo de asistentes, entre los cuales algunos de ellos se identificaron como LGTBIQ, y que estaban ahí acompañados por sus padres. El papa les dirigió a estos padres unas breves palabras en dónde les dijo que «Dios ama a sus hijos como son» y «la Iglesia ama a sus hijos como son porque son hijos de Dios». Cabe resaltar que estas palabras no se las dirigió el pontífice a estas personas en una audiencia privada, sino pública, como ya he dicho anteriormente.

Como era de esperarse, estas palabras del papa al referirse de esta manera a estas personas, estos hijos de Dios y de la Iglesia; han causado revuelo y, por otro lado, malas interpretaciones. Una vez más se aprovecha para tergiversar el sentido de las palabras del papa y empezar a sacar conclusiones que van, sobre todo, contra la doctrina eclesial sobre este tema; y también se aprovecha para provocar confusión entre los católicos. Por otro lado, muchos católicos manifestaron por diferentes medios su malestar y escándalo de lo dicho por el papa. Esto es lo que quiero ayudar a aclarar en este escrito.

 Lo primero que tenemos que saber es que, el papa no ha dicho nada que vaya o esté en contra del evangelio ni la doctrina eclesial al respecto de este tema. Recordemos que Dios, en la Biblia, es muy claro cuando dice y hace la distinción entre «pecador y pecado»: Dios ama al pecador, pero aborrece y rechaza el pecado. Es al pecador que hay que sanar y salvar de la enfermedad del pecado. Esta enseñanza, Cristo la ratificó y profundizó en el evangelio: «Vine a buscar, a sanar y a salvar al pecador; no son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos; no teman al que mata el cuerpo, pero no el alma. Teman más bien al que, mata el cuerpo y también el alma». Ya en otra ocasión, fue el mismo Jesucristo que dijo «No todo el que me diga Señor, Señor se salvará, sino el que escuche mis palabras y las ponga en práctica».

 En cuanto a la Doctrina de la Iglesia, tenemos lo que nos dice en el Catecismo en el capítulo sobre La Castidad y la Homosexualidad, en los números 2357, 2358 y 2359; donde nos deja claro lo que debemos de entender, distinguir y hacer con la persona homosexual y la homosexualidad. Pero, no solamente tenemos esta enseñanza de la Iglesia en el Catecismo. Existen también otros documentos del Magisterio Eclesial que nos hablan al respecto de estos aspectos de la persona humana y esta conducta. Así entonces tenemos los siguientes: 1- «Declaración acerca de ciertas Cuestiones de Ética Sexual» de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (1975); 2- «Carta a los Obispos de la Iglesia Católica Sobre la Atención Pastoral a las Personas Homosexuales» (1986); 3- «Siempre serán nuestros hijos: un Mensaje Pastoral a los padres con hijos homosexuales y Sugerencias para Agentes de Pastoral», del Secretariado para la Familia, Laicos, Mujeres y Juventud de la CEUSA (1987).

 San Agustín dijo: «La verdad debe ser dicha con amor; pero el amor nunca puede impedir que la verdad sea dicha». Como vemos, por los documentos citados, – en sus títulos, ya que, hacerlo en su contenido sería muy extenso, y que mejor es que el amigo lector se interese por leerlos -, lo que enseña la Iglesia Católica sobre la persona homosexual y la homosexualidad no se circunscribe nada más al Catecismo. Aquí el grave problema sigue siendo que católicos no conocen la verdadera enseñanza de nuestra Iglesia sobre las personas homosexuales y la homosexualidad; y cuando digo «católicos», me refiero también al desconocimiento que tienen muchos sacerdotes de estos documentos doctrinales y por eso es por lo que se manifiestan esas actitudes erróneas, de rechazo y hasta de juicio por ambas partes. Como muchos no conocen esta doctrina, pues se les hace fácil señalar, hacerse prejuicios y rechazar a estos hijos de Dios y de SU IGLESIA y, por lo tanto, nuestros hermanos en la fe, como ya lo dijo el Jesucristo: “Un sólo Padre tienen ustedes”; así que, todos los bautizados somos hermanos; aunque no todos vivamos como hijos de Dios ni como hermanos.

El bautizado es hijo de Dios

Por otro lado, quiero señalar lo siguiente. Si es verdad que todos somos criaturas de Dios; por otro lado, no todos somos hijos de Dios. Es decir, ¿qué es lo que nos hace o convierte en hijos de Dios? El bautismo. El bautismo no sólo borra el pecado original, sino que también nos convierte en hijos de Dios. Pero esta filiación divina, – que es un don, un regalo de Dios para nosotros, y no un derecho, no es para que presumamos o nos llenemos la boca diciendo «soy bautizado», como si con eso ya tuviera mi vida de fe resuelta; la gracia bautismal es, sobre todo, para que «vivamos como hijos de Dios», con todo lo que esto significa: ser luz en medio de la oscuridad. Es decir, no se trata de brillar, sino de iluminar. El bautizado, iluminado por la luz de Cristo, da testimonio de esa luz y así la vida de los que están a su alrededor, viendo las buenas obras de los hijos de Dios y de SU IGLESIA, se ven iluminados por Cristo y dan gloria al Padre del cielo.

Por esto mis hermanos, ¿por qué hay quienes se empeñan en seguir rechazando a estos bautizados, hijos de Dios y de SU IGLESIA? ¿Por qué se sigue señalando a la Iglesia de que estos hijos de Dios y suyos, ella los rechaza, cuando es todo lo contrario? No es la Iglesia la que los rechaza ni los aparta de Dios ni de ella; son más bien estos hijos suyos los que se apartan de Dios y de la Iglesia, porque en realidad no conocen su enseñanza, su amor, su comprensión, su compasión. Todos los bautizados estamos llamados a vivir la santidad; pero no la podemos vivir como se nos antoje; no la podemos vivir al mismo tiempo que arrastramos nuestro pecado; nuestro Padre Celestial nos reveló por medio de su Hijo amado, su predilecto, que debíamos escuchar su palabra y ponerla en práctica; y nuestra madre santísima nos lo recordó: «Hagan lo que él les diga».

 La Iglesia ama a los hijos de Dios, que también son sus hijos. Pero no ama su pecado, al igual que hace Dios. Todos tenemos nuestro lugar en la Iglesia de Cristo; pero nuestro pecado se queda afuera. Sí, Dios nos ama como somos, pero no ama lo que nosotros hacemos, – sobre todo lo que es contrario a su enseñanza y voluntad. No se trata de dejar al pecador en su pecado ni solidarizarnos en el pecado; nos solidarizamos con el pecador; se trata de llevarlo, conducirlo a su sincero arrepentimiento y su reconciliación con Dios. Ya lo dijo san Pablo «reconcíliense con Dios» (2Cor 5,20). Tenemos que dejarnos transformar por el amor de Dios; si no fuera así, pues nuestra fe y nuestra pertenencia a la Iglesia no dieran frutos. Cristo nos eligió y llamó para que demos frutos buenos y abundantes y esos frutos permanezcan.

 En conclusión, sí es cierto que el bautismo nos hace y convierte en hijos de Dios, y miembros de SU IGLESIA, su cuerpo místico, su nueva familia: “Todo el que escucha mis palabras y las cumple, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Todos los bautizados estamos llamados a vivir la castidad, aun dentro del matrimonio. Pero si seguimos entendiendo y asociando esta virtud sólo como una “prohibición”, ese es el problema: la virtud de la castidad no limita el ni reprime el amor, sino que lo purifica del egoísmo y lo eleva a su plena madurez. Por lo tanto, todo bautizado se convierte en coheredero de la promesa eterna.

También es cierto que el Señor es el que tiene la última palabra en lo que a la salvación se refiere, como lo hizo con el ladrón arrepentido en los últimos momentos de su vida agonizando en la cruz. La Iglesia lo único que puede hacer es aquello mandado por su Señor: ir por todo el mundo anunciando el evangelio de Cristo, para que todo el que escuche ese mensaje, se arrepienta, se convierta y se reconcilie con el Señor; ¡se bautice y viva!

Todos somos pecadores y necesitamos del perdón, de la misericordia, del amor de Dios para reconciliarnos con ÉL Y SU IGLESIA.