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FRUNCIÓ EL CEÑO

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Cuán expresivo es el ser humano. Habla con las manos y hasta con expresiones de gestos. Un ceño fruncido, por ejemplo, da muestras de inconformidad y hasta de disgusto. Esa expresión facial sirve para indicar desagrado o desaprobación,  tristeza, preocupación o dolor. 

Y escribo pensando en el Evangelio que nos presenta a un joven rico (Marcos 10, 17-30) que lo tiene todo, pero no es feliz. Cumple los mandamientos a su modo, pero no es capaz de despegarse de lo terreno para alcanzar lo eterno. Él, al final, frunce el ceño y se marcha pesaroso y entristecido.

Tal vez nos suceda igual. Con muy buenas intenciones queremos ir corriendo tras Jesús, pero sin asumir las renuncias que comporta pisar sus huellas. Cuántos no hemos vivido así, en el sin sabor de la vida, porque las cosas no salen como queremos. Y es una pena para nosotros mismos que no hemos podido alcanzar ser felices, cuando nos hemos dejado llevar de lo banal y pasajero. 

Pidamos al señor no sólo tener la intensión de buscar vivir en plenitud sino también de vivir desapegados de lo pasajero para adquirir lo que vale de veras, al igual que Salomón, quien prefirió la sabiduría a todo lo demás (Sabiduría 7,7-11). Que no nos marchemos con el ceño fruncido, pensando que el Señor “se pasó de contento” con nosotros, pidiendonos tenerlo a Él en el centro de nuestro corazón. Amén.

 P. Carlos Abreu

XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B – Centineladelafe.com