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DE LA EXIGENCIA DE SIGNOS: A LA CONVERSIÓN POR LA PALABRA.

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EVANGELIO DE HOY: 18/7/22 (Mt 12,38-42).

Algunos escribas y fariseos dicen a Jesús: “Maestro, queremos ver un signo tuyo”; esta petición refleja la actitud que toman ante el Señor. Desean ponerlo a prueba. Buscan satisfacer curiosidades. No piden un signo cualquiera, sino “un signo tuyo”. La incredulidad de los que exigen se deja sentir. Recordemos que el evangelista Mateo, de manera especial, enfatiza la dimensión de Jesús como predicador. Ellos no han aceptado la Palabra de Jesús, no les ha calado. Y cuando la Palabra no hace efectos en el corazón uno se queda vagando en las “periferias existenciales”.
 
Cuántas veces hemos caído en desesperación, nosotros, buscando signos de Dios. Nos remite a la frase en Juan 4,48: “Si no ven signos y milagros no creen”. Jesús no complace caprichos personales. Su fidelidad no se negocia. El Señor no tiene prisa en demostrar. Él actúa por misericordia, y desde aquí se comprende el reproche que les hace: “generación perversa y adúltera”, palabras fuertes e interpelantes para quienes buscan manipular, a su antojo, los planes de Dios. Dicen que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.
 
El Señor no les da a escribas y a fariseos lo que ellos quieren, sino lo que Él, en su autoridad, dispone: el signo de Jonás. Entre tantas opiniones alusivas a dicho signo, podemos considerar la estancia de este profeta “tres días y tres noches” en el vientre de un pez. Allí tuvo tiempo de morir y nacer; de ser obediente aún en contra de su voluntad. Y por la Palabra, en la voz de Jonás, los ninivitas se convirtieron; porque acogieron la predicación contemplaron en sus vidas la misericordia de Dios. El proceso de Jonás se actualizará y se superará en la misma vida de Jesús, muerto y resucitado, cuyo acontecimiento, con la fuerza del Espíritu, despertó y afianzó la fe cristiana.
 
Lo que lleva a una persona a la santidad no es ser testigo de grandes prodigios, de manifestaciones extraordinarias. La exigencia del seguimiento, implica morir a sí mismo, la conversión sincera del corazón. Esto ha de servir para nosotros de revisión de conciencia; preguntarnos con honestidad: qué le estamos exigiendo al Señor, y qué el Señor nos está exigiendo a nosotros.
 
Señor: eres más que Jonás y más que Salomón, por eso estamos ante ti, acogiendo la sabiduría plena de tus enseñanzas y tus cuestionamientos; deseamos madurar en la fe. Gracias porque por el bautismo fuimos sepultados en la muerte contigo, para que así como resucitaste, por la acción gloriosa del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva (Cf. Rm 6,4).
 
1. En este momento de mi vida ¿estoy exigiendo signos o contemplando signos de Dios?
2. ¿Cómo cala la Palabra de Dios en mi vida? ¿Qué efecto hace en mi corazón?
3. ¿Me gustaría silenciar “mi querer” para abrir paso al querer de Dios?