Mar. Abr 16th, 2024

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Dichosos los pobres en el espíritu

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El Evangelio del último domingo del Tiempo Ordinario (Domingo IV) trata de las Bienaventuranzas, en el sermón que dirige el mismo Jesucristo a sus discípulos cuando sube a la montaña huyendo del gentío que lo seguía.

El Salmo 145 también lo repite antes del Evangelio. El Salmo es precioso: “El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, Él hace justicia a los oprimidos, Él da pan a los hambrientos, El Señor libera a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se dobla, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino a los malvados, el Señor reina eternamente, tu Dios, Sion, de edad en edad.

Jesucristo insiste que para ellos será el Reino de los Cielos. Y agrega: “Dichosos ustedes cuando les insulten y les persigan y les calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque su recompensa será grande en el Cielo”.

“Siempre estaremos en busca de la felicidad porque el Señor la puso en el corazón para atraernos a Él, que es la fuente de la dicha. Es de origen divino, y Jesucristo conocedor de este anhelo humano, en el sermón de las bienaventuranzas, nos explica el camino para encontrarla y ser dichosos”.

Igual que en aquel tiempo, hoy Jesús nos llama bienaventurados porque Él nos traza el camino para lograrlo; nos llama dichosos porque podemos aspirar a bienes imperecederos que nos garantizan la felicidad eterna. (Tomado de Rayo de Luz).