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… APRENDER EL LENGUAJE DE DIOS

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LECTURAS DE HOY: 17/2/23 (Gn 11,1-9; Sal 32; Mc 8,34_9,1).

La lectura del Génesis nos narra la historia de la torre de Babel. El texto comienza diciendo que “Toda la tierra hablaba la misma lengua con las mismas palabras”. Si partimos de nuestra realidad, podríamos considerar que nuestra sociedad actual parece compartir también un mismo lenguaje. Mucha gente habla de éxito personal, moda, deseos de poder, de subir y seguir subiendo… En el pasaje bíblico pasa algo parecido. Esos, de lenguaje común, se convocan y planifican construir una ciudad y una torre que alcance el cielo.
 
El relato manifiesta las pretensiones humanas, lejos de Dios. ¿Qué no haría una persona ambiciosa por alcanzar el poder? No querían pisar tierra, sino elevarse. Buscaban el espacio de Dios, llegar lo más alto posible. Quisieron construir con sus propias manos una naturaleza que no les pertenecía. Buscaban hacerse famosos y dispersarse. El ser humano quería subir, mientras que Dios tuvo que bajar para ver lo que estaba aconteciendo.
 
Dios bajó con un propósito: “confundir su lengua, de modo que uno no entienda la lengua del prójimo”. Esta confusión nos habla del interés del Señor por liberarnos. No quiere que estemos sometidos por un solo lenguaje, una sola corriente, una sola propuesta de vida. Nos están diciendo que no “tenemos que danzar todos la misma música”. En la lógica de Dios, no nos tiene que arrastrar la misma corriente. Es un texto que invita a espabilarse. Si mucha gente quiere subir y hacerse famoso a base de “ladrillos”, nosotros podemos entrar en el lenguaje de Dios, y disponernos a vivir bajando con Él, al valle de la humildad. En la medida en que más personas nos sumemos al lenguaje de Dios, menos “torres” se irán construyendo.
 
Con razón dice el Salmo que el Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; porque aunque parezca retrasar, los planes del Señor subsisten por siempre. Cada uno ha de preguntarse si desea o no pasar la vida construyendo “torres” vacías, de esas que se derrumban en cualquier momento, aunque parezcan portentosas a la vista de todos.
 
El evangelio nos aclara: “¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”. Uno arruina su vida perdiendo la identidad, desconociendo el lugar que ocupa en esta historia. Nuestra vida se salva asumiendo plenamente el lenguaje de Cristo: “El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.
 
Señor: quiero vivir y hablar tu lenguaje. No me avergüenza gastarme públicamente por ti. Dame el valor de destruir cualquier torrecita que esté construyendo. Examina mis pretensiones. No quiero subir al cielo a base de “ladrillos”, porque ese “cielo” no es el tuyo. Deseo subir por tu gracia, la que descansa en la promesa: el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.
 
1. ¿Qué lenguaje estoy hablando? ¿Qué idioma voy enseñando a los demás?

2. ¿Qué proyectos estoy diseñando; con quiénes, para qué?

3. ¿Dios ha deshecho mis planes; qué he aprendido de tales “frustraciones”?