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“Seré un padre para ti”

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El padre no es cualquier figura de apego, es prioritariamente la otra figura de apego, otra en cuanto diferente cualitativamente a la figura materna. Madre y padre no son intercambiables porque son dos dimensiones diferentes de afectos y de relaciones. La manera en la que el infante llega a conocerse a sí mismo depende, por tanto, del doble modo en el cual él siente ser conocido por los progenitores.

Don Bosco al morir su padre, con solo dos años de edad, experimentó la pérdida de una figura de apego importante. Sin embargo, logró en su infancia, adolescencia y juventud identificar figuras paternas sustitutas. Esto favoreció su crecimiento y madurez; sobre todo, desarrolló su personalidad y necesaria confianza en sí mismo para adaptarse al mundo exterior.

Otra realidad que afectó a Don Bosco fueron las continuas pérdidas, por muerte, de figuras paternas sustitutas. Ello le condujo a una profunda “angustia de abandono”. Su repetida experiencia de huérfano biológico y afectivo le acarreó no solamente a la búsqueda de padres, sino también de hijos, porque había vivido en su propia piel la necesidad del calor de la figura paterna. También él contribuyó a mitigar el dolor de pérdidas afectivas paternas de muchos niños y adolescentes. Asimismo, satisfizo la necesidad de todo masculino de paternidad.

Se convirtió en un padre a tiempo completo que pensaba en sus hijos día y noche. En la manera de “querer” a los jóvenes, Don Bosco se adelantó a los descubrimientos de la psicología infantil, afirmando: “Que los jóvenes no solo sean amados, sino que ellos mismos se den cuenta de que son amados”. Por tales motivos la Iglesia y la Familia Salesiana lo reconocen como “padre de la juventud”.

Cuando llegaba un niño a la casa de Don Bosco, es decir, al Oratorio, le decía expresamente: “Seré un padre para ti”. No solamente “seré un padre por un día, un mes o un año, sino para siempre”. El joven no solamente debe saber que el adulto le quiere en forma psicológicamente madura, sino que además anhela la seguridad de la continuidad de ese afecto. El educador aseguraba la cualidad afectiva y la continuidad que tranquiliza y fortalece a quien debe crecer. Así, el niño se dedica a lo propio de su edad: jugar, estudiar y crear amigos. Definitivamente, si no se tiene a alguien a quien amar y querer, la vida se vuelve nada y vacío.

En el Oratorio se gozaba de “seguridad afectiva”, gran medicina para quien había sufrido frustraciones por muerte, abandono, separación o divorcio de los padres. Los jovencitos encontraban en la casa salesiana al padre, Don Bosco y a la madre de este, Mamá Margarita, junto a otras cinco señoras al menos.

Don Bosco importantizaba el primer encuentro con el jovencito, del mismo modo que el terapeuta cuida la primera sesión con el paciente. El afecto de él a los jóvenes, y de estos último a él lo convirtieron en un hombre, un sacerdote y en un consagrado auto realizado, feliz, dichoso y maduro.

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