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EL DON DE LA FE

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LECTURAS DE HOY: 18/2/23 (Hb 11,1-7; Sal 144; Mc 9,2-13).

La carta a los Hebreos nos habla de la fe. Es la primera de las virtudes teologales. No hay definición exacta para describirla, porque se trata de un don, un don custodiado por la Iglesia. “La fe es seguridad de lo que se espera”; o sea, no se ha recibido nada, las manos están vacías, pero el corazón lo confirma, porque está latente y segura la promesa.
 
El creyente sabe lo que espera y en quien espera. No aguarda cualquier cosa. Misteriosamente Dios dibuja en el interior de la persona lo que sueña. Sueña Dios y sueña el creyente. Los sueños convergen. Los ojos de la fe pueden describir lo que aguardan. Se diseña en el horizonte la realidad de lo que aún no acontece, pero que existe, a fuerza de fe, santidad y justicia. La fe y la paciencia van de la mano.
 
La fe prueba lo que no se ve. De ahí la seguridad, la firmeza, la radicalidad de las decisiones. Ante la fe no tiene espacio la duda, sí la convicción honesta fundamentada en la verdad de Dios. Quien tiene fe no se apoya en su propia certeza. Quien se apoya en sí no puede tener raíz ni consistencia. El que recibe la luz de la fe huye de su propio pensamiento y escudriña el querer de Dios para hacer ahí su morada.
 
La Biblia nos presenta modelos de fe, porque ésta no es teórica, sino práctica. La fe mueve los pies, genera compromiso, hace mirar y avanzar en la misma dirección que Dios camina. La fe admite que si, por la Palabra, Dios ha creado el universo, por la misma Palabra puede crear en cada persona un corazón nuevo, sin importar el caos donde esté sumergida.
 
Por fe sabemos, como Abel, cuando son agradables al Señor nuestros trabajos, ofrendas y sacrificios; por fe se considera cuando nuestros intereses se proyectan hacia la vida futura, sin culminar aquí en este mundo. Ella posibilita vivir complaciendo a Dios, porque se hace presente, cercano, amigo, confidente, compañero de camino, una persona concreta, no ajena a nuestras circunstancias y realidades.
 
Por fe Jesús confió en sus discípulos, y fue con ellos a la montaña, para hacerles crecer en su pobre visión de las cosas. Nos hace mucha falta subir al monte con Jesús, y luego bajar con Él, convencidos de que las tres chozas se llevan en el alma.   
 
Señor, gracias por la fe que me has dado. Todavía es bien pequeñita, pero quiero cuidarla y alimentarla siempre; auméntala según tu voluntad. Necesito, como el salmista, encauzar mi vida para bendecir tu nombre día tras día, pues tú mereces una alabanza sincera. Enséñame, buen maestro, una fe honesta; purga todas mis intenciones y dame humildad del siervo fiel para trabajar en tu proyecto, sin esperar nada más que lo que tú mismo esperas.

1. ¿Cómo está mi fe? ¿Me ocupo en alimentarla?

2. ¿El alimento de mi fe es fecundo; está siendo provechoso para el alma?

3. ¿Qué sería de mí si me faltara la fe?

4. ¿Cómo se integran, en mi vida, la fe, la esperanza y la caridad?