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SIGNO DE CONVERSIÓN.

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LECTURAS HOY: 1/3/23 (Jo 3,1-10; Sal 50; Lc 11,29-32).

Un signo es una señal que indica una realidad más profunda e importante que el propio signo. Ejemplo: el humo remite al fuego, la melodía al instrumento, la nube oscura a la lluvia… es así como la presencia de Jonás en la ciudad de Nínive se convierte en signo de conversión sincera en un contexto de idolatría, indiferencia, mediocridad, negación de Dios; su voz, su llamado al cambio de vida identifica el norte existencial: dejar la mala vida y volverse al Señor.
 
El relato se convierte en signo para nosotros en la medida en que nos percatamos de que los ninivitas hicieron caso a la predicación de Jonás. Su profecía no cayó al vacío. El rey de ellos, sirvió de modelo para la actitud de todo el pueblo y para nosotros mismos; ante el llamado a la conversión: “se levantó del trono”, “dejó el manto”, “se vistió de sayal”, “se sentó en tierra”, “invitó a todos a la penitencia” para un cambio de vida personal y colectivo, incluyendo a los mismos animales.
 
Cuando hay decisión honesta de conversión, a ejemplo del rey del relato, lo primero que hemos de hacer es bajar del trono. Cada uno de nosotros, en este tiempo de cuaresma, ha de identificar los tronos que hemos construido y ocupado. Se hace necesario quitarnos los ropajes que nos hemos hecho para revestirnos. La tarea es rasgar las vestiduras donde nos escondemos. La “vestimenta” de cuaresma no busca llamar la atención; porque la vida de fe porta un vestido transparente, diseñado con humildad, sencillez y mansedumbre.
 
La conversión comienza con la desnudez del corazón. Un corazón desnudo, reposa y descansa. La verdad y la autenticidad le sirven de almohada al alma que no vive de apariencia. Con todo este proceso se espera que la persona, por fin, dejando de vivir en el aire, toque la tierra.
 
El signo de Jonás, que es el único que el Señor nos ofrece en el evangelio, es su propia experiencia de conversión, que dinamizó la de todo un pueblo. Estuvo, en el vientre del pez, escondido en la misericordia de Dios, y desde su vivencia predicó con pasión, aún en contra de su voluntad. Lo que se nos da a nosotros hoy, de pista, de señal, de horizonte a seguir, fue esta disposición interior que muestra un corazón quebrantado y humillado, que no descansa hasta derrotarse a sí mismo y poner pies en la tierra, abandonándose en Dios.
 
Señor, no queremos un corazón altanero; humíllalo, si es necesario, para que sea auténtico y repose en la paz verdadera; vacíalo para que se llene de ti y de tus cosas. Concédenos la gracia, al inicio de esta cuaresma, de vivir una auténtica conversión.

1. ¿De qué tronos existenciales me tiene que tirar el Señor?

2. ¿Qué ropajes me sobran para la conversión?

3. ¿Me está costando poner los pies en la tierra?

4. ¿Soy signo de conversión para los demás?