Vie. Jun 21st, 2024

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Vejez y ancianidad

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Parecería exagerado afirmar que después de haber cumplido 70 años y algo más, no necesariamente disminuyen las fuerzas físicas y la actividad mental. Además, de que pueda dividirse en etapas, aquellas que puedan cercenar la capacidad de asumir obligaciones y responsabilidades en cualquier ámbito que uno se proponga y lograr las metas que se quieran alcanzar.

En su Diario Íntimo (II, p. 181) Henri-Frédéric Amiel filósofo y moralista suizo, considera que saber envejecer es la obra maestra de la cordura y una de las partes más difíciles del gran arte de vivir.

Un apotegma del rey Alfonso de Aragón, a que hace referencia Melchor de Santa Cruz en Floresta Española (1, p. 11capitulo I,19) da una idea de la forma de sentirse agradado por tantos años que Dios nos ha concedido disfrutar en esta vida temporal, con un añadido entre comillas explicativo, que cito: “se necesita leña seca (cocimientos) para quemar, caballo viejo (experiencia) para cabalgar, vino añejo (espiritualidad) para beber, amigos ancianos (apoyo) para conversar y libros antiguos (recordar) para leer”.

La placidez del vivir entronca con los años que, a merced de la misericordia que recibimos por pura gracia del Creador, escapa a nuestros sentidos la luz del crepúsculo que se desvanece, y, en cambio, se cubre de estrellas que giran a nuestro alrededor con halos brillantes de una luz que nunca muere.

Confluyo, en que la vejez es un estado mental en la que, si se llega a perder la confianza en sí mismo, el tiempo que queda por vivir se convierte en una constante aflicción que suprime todo valor en nosotros.