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Carisma en la vejez

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Hay una imagen deformada del concepto de la tercera y la cuarta edad, analizada desde la idea que los “ancianos” son seres descartables por haber entrado en una fase descendiente, en la que se da por descontada su “insuficiencia humana y social”.

Se trata de un estereotipo que no corresponde a la acción de todo cuanto pueden los “ancianos” contribuir y desarrollar como grupo humano homogéneo diversificado en nuestra cultura.

Es un error tomar como un patrón de conducta a todos los que entrados en años han sucumbido a la tentación de colocarse al margen de la vida, dando principio al proceso de la propia degradación física y mental. Cada persona prepara la propia manera de vivir la vejez durante toda la vida, y en ese sentido, se puede afirmar que la vejez crece con nosotros y su calidad dependerá sobre todo de nuestra capacidad de apreciar su sentido y su valor, tanto en el ámbito meramente humano como en el de la fe.

Los años pasan inexorablemente, pero es necesario situar la vejez en el marco de un designio preciso de Dios, que es amor, viviéndola como una etapa del camino por el cual Cristo nos lleva a la casa del Padre, secreto de la juventud espiritual, que hace renovar nuestra relación con Dios.

Vivir con dignidad y plenitud cada etapa de la vida es un don de Dios que nos hace apreciar nuestros carismas, y que al llegar el crepúsculo de la vida trae consigo la experiencia, valorizada como carisma propio de la vejez.