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Domingo Quasimodo

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Domingo in Albis o Domingo de la Octava de Pascua

El septenario bautismal termina el sábado in albis, llamado así en nuestro misal porque en este último día de la semana antiguamente los neófitos se despojaban de las túnicas blancas que habían vestido la noche de Pascua después de su bautismo.

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Pero para superar el número siete, número perfecto de la antigua ley y para alcanzar el número ocho, número perfecto de la ley nueva, pareció útil y conveniente transformar en verdadera octava, añadiendo el domingo, el antiguo septenario bautismal.

Los más antiguos sacramentarios convierten ya al domingo que sigue a la semana in albis en día octavo de Pascua. Los libros litúrgicos actuales: misal, breviario, martirologio, titulan a este domingo: Dominica in albis, in octava Paschae.

Este domingo llamado comúnmente de Quasimodo por las primeras palabras de la antífona de entrada, se nos presenta como una especie de complemento o última conclusión del septenario bautismal.

La misa del Domingo Quasimodo es también una misa estacional, pero la función litúrgica, en vez de celebrarse en una de las grandes basílicas de la ciudad o del extrarradio urbano de Roma, tiene lugar extra muros en un modesto santuario de la Vía Aurelia que se edificó en el siglo IV, sobre la tumba de un pequeño mártir de doce años, san Pancracio, y restaurado en el siglo VII por el papa Honorio.

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Todo el interés litúrgico de este domingo de Quasimodo se centra en el evangelio de la misa y las consecuencias que de él se derivan. Es normal, puesto que estamos en el octavo día después de Pascua, que la Iglesia nos ofrezca como lectura el trozo del evangelio de san Juan donde se nos narra la escena de que fue testigo ocho días después de la resurrección del Salvador.

Por la tarde del primer día de la semana, Cristo se apareció a sus apóstoles reunidos en el cenáculo de Jerusalén, les mostró sus manos y su costado que había sido taladrado. Pero santo Tomás que no había asistido a esta aparición del Salvador, se negó a creer que Cristo hubiese resucitado.

La breve exclamación del apóstol en presencia de Cristo resucitado expresa admirablemente la fe de nuestro bautismo. El acto realizado por santo Tomás es un acto que procede de una fe tan total como profunda y viva, puesto que de un solo golpe, reconoce a Jesús como su “Señor” y su “Dios”.

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Según el ritual actualmente en uso, la primera pregunta que hace el sacerdote a quien se presenta para recibir el bautismo, es ésta: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?”. A esta pregunta, el catecúmeno debe responder, o si se trata de un infante, el padrino responde en su nombre: “la fe”.

Pero aquí la Iglesia, como lo hacia san Agustín, identifica de algún modo el bautismo y la fe. Ya Tertuliano llamaba al bautismo “signo de fe”, y también “sello de la fe”. Según la expresión tradicional empleada por san Agustín y frecuentemente repetida por santo Tomás, el bautismo es el “sacramento de la fe”.

Por el Bautismo el cristiano entra en comunión de fe con la Iglesia, se adhiere perfectamente a Cristo, del que se convierte en miembro vivo, se compromete en su servicio. En consecuencia, solamente merece el nombre de fiel aquel cuya vida está conforme a este compromiso.

La octava pascual ofrece a todos los cristianos una ocasión favorable para renovarse en su fe en el Salvador. Con la antífona de la comunión, que está tomada del evangelio del día, la misa del domingo Quasimodo termina precisamente con esta recomendación que, prescindiendo del discípulo recalcitrante, se dirige a todos y cada uno de los bautizados: “No seas incrédulo, sino creyente”.

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