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Fiesta de la Transfiguración del Señor.

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Hoy celebramos una fiesta antigua, venerable, que todos los años tiene lugar el 6 de agosto: la fiesta de la Transfiguración, que en algunos lugares se conoce también como la fiesta del Salvador.

Se trata de recordar aquel momento glorioso en que tres discípulos tuvieron ocasión de ver al Señor resplandeciente, momento que ellos ya nunca más olvidarían.

Para las Iglesias de tradición bizantina, la fiesta de la “Transfiguración (Metamòrfosis) de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” expresa en el modo mas completo la teología de la divinización del hombre.

En uno de los himnos de la fiesta se canta en efecto: “En este día en el Tabor, Cristo transformó la naturaleza oscurecida por Adán. Habiéndola cubierto de su esplendor la ha divinizado.”

La solemnidad tiene su origen en la memoria litúrgica de la dedicación de las basílicas del Monte Tabor. Es posterior a la fiesta de la Exaltación de la Cruz, de la que, no obstante, depende su fecha. Según una antigua tradición, la Transfiguración de Jesús habría tenido lugar cuarenta días antes de su crucifixión.

La solemnidad, por tanto se fijaría el 6 de Agosto, o sea, cuarenta días antes de la Exaltación de la Cruz, que caía el 14 de septiembre.

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La fiesta entró en uso a finales del siglo V, y ya en el siglo VI encontramos insignes representaciones musivas, que recubren la bóveda del ábside central en la basílicas de Parenzo, San Apolinar en Classe en Rávena, y del Monasterio de Santa Catalina del Sinaí.

La Transfiguración confirmó la fe de los apóstoles y fue para ellos la luz “que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones”.

La Transfiguración fundamental es el paso de la muerte a la resurrección, el paso de todo lo que sea opresión a la libertad. Es como un anticipo de la gloria que alcanzará tras su triunfo sobre el mal, cuando se dé la la instauración definitiva del Reino de Dios.

La tradición ha situado la escena en el monte Tabor. El texto de Mateo se limita a decir que “en un monte alto”. Pareciera que el cambio de figura (“transfiguración”) fuera el anhelo de la existencia humana.

El Papa Juan Pablo II, comentando este pasaje (Vita consecrata, n. 15) nos dice que el episodio de la transfiguración marca un momento decisivo en el misterio de Jesús. Es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de sus discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la resurrección.

Dios mismo mantiene una relación real con los hombres. La iniciativa es suya, como en la existencia la misma de la humanidad y, más en concreto, de cada uno de nosotros.