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ACTITUDES PARA RECIBIR A JESÚS: DISPOSICIÓN PARA ENTRAR EN SU CASA

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EVANGELIO DE HOY: 16/9/21 (Lc 7,36-50)

El evangelio de Lucas nos presenta la escena de una mujer reconocida públicamente pecadora, quien al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa de un fariseo, entra sin ser “invitada”. Allí lava y enjuga con sus lágrimas los pies de Jesús, los perfuma, los besa y unge. Pudiéramos, hoy, meditar sobre dos imágenes que surgen del relato: las actitudes cuando Jesús entra a nuestra casa; y los criterios para nosotros entrar en la casa de Jesús.

RECIBIR A JESÚS EN NUESTRA CASA

Impresiona tomar en cuenta que Jesús es delicado y que se fija en el trato que se le da cuando entra a una casa. En la del fariseo, no se evidencia gesto de acogida ni ningún detalle que testimonie la alegría de su llegada. El primer sentimiento que se expresa de parte de él es la crítica interior hacia la persona de Jesús. Este fariseo está bien posicionado con su auto-imagen y todo parece indicar que no tiene claro a quién ha invitado. No sabe quién es Jesús ni quién es él mismo; fundamental para echarse a los pies del visitante o quedarse fríamente pasivo.

La mujer que entra en escena, sabiendo quién es Jesús y quién es ella misma, se convierte en paradigma para nosotros, y nos enseña cómo hemos de recibir a Jesús cuando llegue a nuestra casa:

  • A Jesús se le recibe con lágrimas santas; de quien se siente acogido y amado a pesar de sus miserias. La calidad de estas lágrimas brotan de un corazón agradecido, y que no sabe cómo retribuir el bien que se le ofrece.
  • Se le recibe con besos santos. Besos que expresan el mucho amor que se lleva dentro. Un amor, ahora, encausado, purificado, redimido. Son los besos de quien sabe que, al despertar la conciencia, desea aprovechar el tiempo, cada minuto, cada segundo, para intentar reponer tanto tiempo perdido.
  • A Él se le recibe ungiéndolo con nuestro perfume. El mejor de los perfumes. Lo mejor de nosotros mismos; derrochándolo a sus pies sin regateos. Esta mujer nos invita a vaciar el frasco por completo entregándolo todo, sin reservas. Ella que supo, fijada en los pies de Jesús, llenar la casa de aroma, nos enseña a amar sin complejos; a no disimular el amor.

ENTRAR EN LA CASA DE JESÚS

  • El relato deja claro quién se queda en las afueras o quién entra hasta el fondo de la casa de Jesús. Cuando hablamos de la casa de Jesús nos referimos a su sagrado corazón, allí, donde vislumbramos su misericordia.
  • A la casa de Jesús uno entra con un corazón arrepentido. Con la clara conciencia de que se está en la fuente del perdón y de la salvación. Se entra sin crítica a los demás, sino con los ojos fijos en la verdad propia, entregándola toda a sus pies, sabiendo que de allí, nadie lo echa.
  • Para entrar a la casa de Jesús no se necesita invitación: sencillamente se entra, porque hace tiempo que Él nos espera; a cada uno con su frasquito de perfume y con las lágrimas bien próximas.
  • No tengamos miedo de entrar en su casa. Él es maestro en la acogida. Quita nuestra vergüenza con una auténtica mirada de Dios. Nos realza. Nos dignifica. De ahí que, quien han entrado nunca más quiere salir.

Señor: en esta mañana que comienza nos disponemos a entrar a tu casa y a dejar que tú entres en la nuestra. Ya tenemos los frascos preparados, aquellos reservados para ti. Danos, de tu parte, el perfume de la misericordia. Quizás no hemos sabido amarte como mereces, pero queremos aprovechar esta oportunidad que nos brindas para amar de nuevo.

Con la experiencia de acogida mutua, ayúdanos a recibir a los demás hermanos y hermanas con la dignidad que nos enseñas. Ojalá, Señor, que la actitud del perdón y de la reconciliación sea el tapete que encuentren los pies de quienes lleguen a nuestra casa.

  1. ¿Cómo recibo a Jesús cuando viene a visitarme?
  2. ¿Cómo recibo a los demás hermanos y hermanas?
  3. ¿He ido a visitar a Jesús o se ha quedado esperándome?