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INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

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EVANGELIO DE HOY: 8/12/21 (Lc 1,26-38)

Hoy celebramos el día de la Inmaculada Concepción de María: dogma (verdad de fe) donde se afirma que la Virgen María, desde el primer instante de su concepción – por gracia singular de Dios y en virtud de Jesucristo – fue preservada de la mancha del pecado original (Cf. CIC 491). Intentaremos reflexionar sobre dicho rasgo a partir del texto bíblico escogido para iluminar la fiesta, la anunciación. A lo largo del pasaje, se hacen especiales distinciones marianas:

VIRGINIDAD

Cuando inicia el texto bíblico de la anunciación, el primer atributo al que se hace referencia sobre María es su “virginidad”. De hecho, vuelve y se repite cuando afirma que “la virgen se llamaba María”. Esta virtud habla de la mujer que ha sido, a manera perfecta, reservada para Dios de manera integral, en su cuerpo, en su corazón, hasta en su imaginario, desde su historia personal, en su identidad más profunda. La virginidad es gracia, es sentido de pertenencia, es consagración. Se entiende como ser propiedad de Dios. Es conciencia que custodia y preserva. La virginidad y la fidelidad son hermanas gemelas, viven y se alimentan de la fe. La Iglesia nos ha enseñado sobre la virginidad perpetua de María porque su Hijo Jesucristo ha sido fruto del Espíritu Santo. Nos estamos introduciendo con estas palabras a la espiritualidad de la Inmaculada Concepción.

LLENA DE GRACIA

“Sólo se llena lo que está vacío”. Toda María ha sido llenada por la gracia de Dios. Y esta gracia la ha revestido desde el momento de su concepción. Por eso, en la visita hecha por el ángel, la primera expresión que le dirige es: “alégrate llena de gracia”. La alegría y la gracia se unen. Porque la gracia es regalo de Dios. Es un don que se ofrece. Es certeza de Dios que habita, que está.

Al estar llena de gracia se nos dice que no posee una personalidad fragmentada, dividida, dispersa. Es mujer entera, completa, de Dios. El dogma de la Inmaculada Concepción ha de ser comprendido desde la óptica de la gracia. Porque es de Él la iniciativa, la elección, el proyecto. La más alta gracia que la distingue es su Hijo Jesús. Y Dios, en su sabiduría infinita, no escatimó creatividad para preparar la morada para su Hijo. Al hacerlo, ha valorado inmensamente toda nuestra condición humana. Porque con la elección de María también nos elige a todos nosotros, nos da dignidad. Como bien se ha dicho en la tradición de la Iglesia, si por Eva entró el pecado, por María nos llega la gracia.

Con este dogma no se hace María modelo inalcanzable. El texto de Lucas nos la presenta en proceso, en crecimiento, en actitud dejarse instruir como discípula. Ella pregunta, pide aclaraciones, no quiere quedarle mal a Dios. Ahí se refleja la Inmaculada desde nuestra pequeñez humana. Nos abre las puertas para que también nosotros seamos inmaculados, como afirma Pablo: “Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor” (Efesios 1,4).

ESCLAVA DEL SEÑOR

La gracia de Dios se hace plenamente efectiva con la respuesta humana. Por eso, con la obediencia de María, con su “Hágase”, nos dice a nosotros, a cada uno, a los matrimonios, a los consagrados, a todo el Pueblo de Dios, la manera y la actitud de tomarnos a serio nuestro llamado a la santidad. Ser esclava del Señor es un grito de libertad. Porque muchas cadenas caen cuando se busca agradar a Dios y sólo a Él.

Señora nuestra: aquí estamos todos tus hijos. La verdad que nos hemos presentado ante ti, unos más sucios que otros, pero todos embarrados de alguna manera. Sabemos que nunca nos desprecias, sino que como buena madre y con amor incondicional, nos bañas en la gracia de Dios para que nos limpiemos como tú. Nos viste de gala, Señora, para el encuentro con tu Hijo. Gracias.

  1. ¿Me dejo bañar por la Virgen María?
  2. ¿Cómo vivió María la pureza siendo una más en medio del pueblo?
  3. ¿Cómo responder al llamado de ser también “inmaculado” sin sentirme más que los otros?