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LA «UBICACIÓN» DE JESÚS: “VENGAN Y VERÁN”.

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EVANGELIO DE HOY: 04/01/22 (Jn 1,35-42).

Entre el evangelio de ayer y el de hoy se da un paso importante: Juan había visto y dado testimonio de Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; hoy invita a sus discípulos a que le sigan a Él. Meditemos:

Juan estaba con dos de sus discípulos y se fijó que Jesús pasaba. Quedémonos con esa imagen de Jesús pasando en las orillas de la vida de las personas, y de alguien despierto que lo identifica para anunciarlo. Juan empuja a sus discípulos hacia Jesús cuando les afirma: “Este es el Cordero de Dios”, “el manso de Dios”, “el humilde de Dios”, “su ofrenda”… Juan, un hombre pobre, se desprende de sus discípulos y con esto muestra su firmeza espiritual. No los quiere extraviados, sino que los encamina a las aguas más profundas, a la fuente que es el mismo Cristo.

Los discípulos oyeron las palabras de Juan, le creyeron. No se despidieron. Sencillamente se marcharon. La obediencia fue, en silencio, una acción de gracias. Juan se quedó “solo”, con la fuerza trinitaria. Cuando Jesús se enteró que lo seguían les preguntó: “¿Qué buscan?”. (Lo que buscaban estaba con Jesús, el que quita el pecado del mundo). Pero los discípulos le respondieron con otra pregunta, llamándole maestro: “¿Dónde vives?”. Al decirles: “vengan y lo verán” dejó evidente, no que tenía casa donde residir, sino que vivía en el Camino, pues Él es al mismo tiempo Camino y Caminante. A donde van y en donde están el maestro con sus discípulos allí está la residencia de Jesús. Su morada no se define, ni tiene dirección postal; su ubicación en tiempo real se concentra en dos verbos: “vengan”, “verán”, caminar y experimentar.

Los discípulos nuevamente obedecen: fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día, siendo como las cuatro de la tarde. El hecho recuerda la escena de los discípulos de Emaús. Ya el sol estaba menguando. Se han detenido. Se quedaron juntos. Se estableció el encuentro, la comunión, la intimidad. Este encuentro que lleva a la fuerza evangelizadora como lo testimonia Andrés, uno de los discípulos de esta narrativa. Del otro, quien no se dice nombre, puede ser cada uno de nosotros, de quienes se espera que hagamos lo mismo. Que busquemos a más personas para que se encuentren con Jesús. Andrés comienza por los que tiene más cerca, su hermano Simón. Lo llevó a Jesús. Y con Jesús nació en él una nueva vida, con un nombre nuevo, Pedro.

Señor, Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… nosotros queremos quedarnos contigo y que vivas en nosotros. Gracias por esa oportunidad de actualizar en cada comunión, en cada Eucaristía esas “cuatro de la tarde”. Infunde en nosotros el santo deseo de invitar a otros, que aún no te conocen bien, a que “vengan” y “vean” qué bueno eres, Señor. Que como Juan, no detengamos a la gente con nosotros. Danos honestidad espiritual para ocupar nuestro puesto, y danos la gracia de tomar conciencia de que nada ni nadie nos pertenece. Danos el desprendimiento ante la obra tuya que nos has confiado.

  1. En mi vida cristiana: ¿qué busco? ¿a quién busco?
  2. ¿Qué pasa en mi vida cuando “pasa” Jesús?
  3. ¿Puedo nombrar nombres de las personas que he acercado al encuentro con Jesús?