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La Terrible Libertad

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La única cosa tan preciada para los animales como la comida es la libertad. Observe a un perro cuando lo sueltan, se echa a correr, contentísimo. Todo el que tiene mascotas, puede confirmarlo.  Nada hace más feliz a un perro que salir a pasear. Hasta persigue a su amo cuando se da cuenta que tiene la correa en la mano.

Un perro atado

Lo curioso es que si, por ejemplo, ves en un parque a un perro atado, que va de la mano de su dueño, y a un perro callejero, suelto por su cuenta, ni se te ocurre sentir lástima por el que lleva correa. No piensas que está en desventaja, porque no tiene libertad y no podrá hacer lo que quiera, como sí lo hace el perro sin dueño.

Plena libertad

El perro sin dueño pasea por el parque, se mueve de un lugar al otro, en plena libertad. Se detiene donde quiere, toma sol a su voluntad y come de lo que aparece sin que nadie le golpee la nariz para evitarlo. Nadie lo baña, ni le dice dónde orinar, ni lo lleva a vacunar, cepillarse los dientes o cortar las uñas. Es decir, es libre en toda la extensión de la palabra que, cuando llega a sus límites extremos, resulta terrorífica.

Aprender sin abrazo

Claro que hay cierta belleza en eso de ir a donde se te antoje, porque puedes explorar, conocer y aprender. Pero al perro sin dueño lo aprendido le sirve de poco, apenas para sobrevivir. Por el contrario, el perro con amo disfruta de lo que aprende porque lo comparte. Y cuando logra sentarse, buscar un hueso o un juguete, su dueño lo premia. Pero, ¿de qué vale el conocimiento, cuando, al alcanzar la meta, nadie te abraza para decirte, ¡bien hecho!?, como le pasa al perro solitario.

Tan libre que a nadie importa

El perro con dueño, que tiene una correa, se encuentra unido a alguien, a quien él le importa.  Por eso, lo mima y vela por su salud, pero, también, le pone límites. Mientras, el perro sin dueño, ese que cuenta con absoluta libertad, no tiene quien esté pendiente de su cuidado. Y, por eso, corre más riesgo de que lo atropellen, se enferme o sufra cualquier percance. El perro sin dueño, ¡pobrecito!, es tan libre que no le importa a nadie. Así que explora, aprende, se bate con la vida, sin que escuche jamás la frase “¡Bien hecho!”.

Las personas

Como ellos, son las personas que no creen en nada más que en sí mismos. La libertad absoluta, sin barreras, es la que disfrutan aquellos individuos que no aceptan reglas y creen que no habrán de rendir cuentas, como los perros sin dueño.

Se rigen por su libre albedrío, nadie los cuida de sí mismo, porque no están atados ni siquiera a su creador.  La libertad sin límites, destruye. Sin límites, no sirve. No está al servicio del ser humano sino contra él.

Lo peor que le puede pasar a una persona es que nadie la pueda frenar. Disponer de una libertad tan grande que nada lo ate al prójimo, que nada lo detenga. Que pueda correr hacia los extremos, sin frenos, invadiendo los espacios ajenos. Si así vive, corre el riesgo de que, cuando muere, le pase como a los perros sin dueño, que, probablemente, nadie los llora. 

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