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Y NOSOTROS ¿POR QUIÉN NOS TENEMOS?

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EVANGELIO DE HOY: 7/4/22 (Jn 8,51-59).

Jesús, en el pasaje de hoy, se dirige a los judíos; gente que tiene incrustado todo el peso de su religión y su tradición. A ellos les asegura: “quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre”; esto se vuelve escándalo para los oyentes, quienes le cuestionan, y hasta le confrontan interrogando, -“¿Por quién te tienes?”. Les resulta ilógico lo que Jesús dice, pues fundamentan: Abrahán y los profetas murieron…

La expresión -“¿Por quién te tienes?” carga un aspecto despectivo; Jesús sabe interpretarlo. Por eso argumenta que Él no se glorifica así mismo, quien lo glorifica es el Padre. Del Padre viene la autoridad. Es el origen. El comienzo. El principio sin principio. Él es quien tiene la voluntad, el deseo, la decisión, la determinación. Él es quien sabe y quien hace acontecer. Es el creador desde la nada. Él es quien gobierna, dirige, direcciona.

Por esto, el Hijo, que ha nacido de Él, antes de todos los siglos, no se ensalza, ni se glorifica; no hace otra cosa más que obedecer. El mérito no es suyo. Pero, al mismo tiempo, y en misterio santo, el Padre le ofrece todo el mérito al Hijo. Porque son ambos, Dios de Dios, Luz de Luz…
 
A la cuestión -“¿Por quién te tienes?” Jesús responde casi al final del diálogo, cuando dice: “Les aseguro que antes que naciera Abrahán, existo yo”. Esto recuerda la definición que Dios ofrece de sí en el Antiguo Testamento: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14).

Muchos términos hebreos se estudian y se definen, pero el nombre de Dios no tiene etimología. No deriva de nada. Sencillamente es “ser”, “acontecer”… Dios es Dios. Sin verbo. Sin tiempo. Sin límite. Ahí está la autoridad desde donde garantiza la vida, con la condición de guardar su palabra.
 
Este relato, en contexto de cuaresma, nos prepara para la pasión. Nos deja claro que aunque Jesús asuma la muerte de cruz, tal muerte es transitoria. Sólo Dios dirige el destino final de sus hijos y sus hijas. Nos capacita a nosotros para la confianza. Más allá de los tropiezos del día a día, nuestra vida, nuestra esperanza descansa en Él. Guardar la palabra es permanecer, perseverar, mantenerse en ella, abandonarse, esperar sin desfallecer.
 
Señor: nosotros nos tenemos como hijos e hijas de Dios, tus hermanos. Gracias por darnos tu palabra; nos dejas saber que el camino para llegar a la vida eterna es guardarla. Nos la das cada día, renovada, en cada mensaje, en cada pasaje, en cada reflexión o predicación; en la vida, en la oración, en la presencia, en las relaciones, en comunidad, en la naturaleza, en los latidos del corazón…

Este desparrame de tu Palabra explica el interés de que ninguno nos perdamos. Con razón dice el salmista: “Recurran al Señor y a su poder, busquen continuamente su rostro. Recuerden las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca… Él gobierna toda la tierra… Recuerda su alianza eternamente”.
 
1. ¿Tengo confianza en la vida más allá de la muerte física?
2. ¿Quién es para mí Aquel que me dice: “quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir”?
3. ¿A qué debo ir muriendo para vivir antes de morir, y seguir viviendo?
4. ¿Por quién me tengo: en mi manera de ser, de pensar, de relacionarme?