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LA ESCUCHA Y LA OBEDIENCIA A LA PALABRA: EL CAMINO PARA, COMO NUEVA FAMILIA, VER A JESÚS.

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EVANGELIO DE HOY: 20/9/22 (Lc 8,19-21)

Se nos dice que “vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta Él”. Ubiquémonos en un contexto donde María ha vivido con Jesús, en Nazaret, alrededor de 30 años. Muchas cosas, pequeñas y extraordinarias sucedieron en este tiempo. Una profunda intimidad entre ellos se consolidó. María, como nadie en la tierra, conoció al Hijo. Con todo, y a pesar de esto, se confronta con la novedad de las enseñanzas de Jesús, cada vez más hondas.
 
Para encontrarse con el Hijo, que tenía tan cerca, en el seno del hogar, se vio obligada a “hacer turno”. Pensemos en el impacto que esto habría causado en María. Sin embargo, no dijo nada. También aquí guardó todo en su corazón. Este pasaje nos ayuda a meditar en el proceso de desapropiación de María; esa realidad de abrir las manos y el corazón y dar la libertad que el Hijo requería. El Hijo no le pertenecía. Era propiedad del Padre, al servicio del Reino.
 
Este pasaje refleja el abajamiento mariano. Es espejo de su humildad. Ella fue descubriendo su papel en la historia de salvación. De madre pasó a ser, también, discípula. El discipulado de María no tuvo privilegio alguno. Ella no se aprovechó de su parentesco, tampoco Jesús la dispensó de las exigencias del seguimiento. María, a base de obediencia, ocupó el primer lugar entre los seguidores de Jesús.
 
Ella, como lo dijera Isabel, fue dichosa por haber creído, bienaventurada por haber dejado que la Palabra se hiciera vida en ella. Desde aquí nos abrimos a una nueva dimensión familiar. Se trata del parentesco espiritual inaugurado con Jesús; Él es “el primero de entre una multitud de hermanos” (Rm 8,9).
 
Meditemos en los fuertes lazos que unen a las personas que siguen a Jesús con seriedad, los amigos que se reúnen para hablar de Dios, para hablar de santidad, para servir a los hermanos. La comunión espiritual profunda hermana sin límites. La Palabra nos integra, nos hace familia. La experiencia con la Palabra ensancha el corazón. Hoy hemos aprendido que el camino para ver a Jesús en comunidad de hermanos es escuchar y vivir su Palabra.
 
Señor, con el salmista te pedimos: “Enséñame a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón”.
 
1. ¿Cuáles son los nombres de mi madre y mis hermanos en el parentesco espiritual que propone Jesús?
2. ¿Tengo sentido de pertenencia a esta nueva familia espiritual?
3. ¿Soy tierra buena? ¿Escucho y vivo la Palabra? ¿Invito a los demás a ser parte de la familia?