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LA FE: DON DE DIOS Y TAREA HUMANA.

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LECTURAS DE HOY: 2/10/22. (Hb 1,2-3; 2,2-4; 2Tm 1,6-8.13-14; Lc 17,5-10).

La primera lectura del profeta Habacuc presenta un lamento, es el clamor de quien vive arropado por la violencia, en un mundo donde la esperanza parece extinguirse. En medio de esta realidad nace la profecía: “el justo vivirá por su fe”. La fe nos permite contemplar a Dios aún donde no parece estar presente. Ella es el farol del cielo que ancla el corazón en la confianza para no caer en desesperación. Donde hay fe hay también paciencia; no una paciencia pasiva, sino consoladora, porque espera la hora en que actúe el Señor. En cambio, la ausencia de fe hincha el alma, la revienta.
 
Con razón dice el salmista: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan su corazón”. Es que la fe entra por el oído. La voz del Señor modela el corazón. Pero se exige de la persona mansedumbre, humildad, disposición y acogida. La voz del Señor en un corazón endurecido no puede hacer nada. Él no hace violencia para empapar el interior. Respeta la libertad. El corazón endurecido también termina hinchado.
 
El consejo de Pablo a Timoteo llega hasta nosotros: “Reaviva el don de Dios”. Cultivar el don de la fe es tarea humana. La fe crece con la oración. La fe y la oración son inseparables de la asistencia del Espíritu Santo. De ahí nace el espíritu de energía que cura el miedo, la cobardía, para enfrentar los duros trabajos por el Reino de Dios, conforme a la fuerza que Dios provea a cada uno. La fe es para testimoniarla. Ella no queda oculta. Nace en el interior y se proyecta hacia fuera en acciones de amor, dirigidas por el buen juicio.
 
Es muy sabia la petición de los apóstoles cuando piden al Señor: “Auméntanos la fe”. Esa petición ha de ser para nosotros como un rosario mañanero. Ahí radica el buen pedido. ¡Qué bien nos haría suplicarla! El Señor, ante esta súplica, valora tanto el don de la fe, que dice: “Si tuvieran fe como un granito de mostaza, dirán a ese árbol: -Arráncate de raíz y plántate en el mar”. Él apunta hacia la fuerza divina de la fe. Nos empuja a creer más, a confiar, a madurar. Nunca es suficiente.
 
El Señor pone el ejemplo de un siervo que va al campo, y luego de trabajar, le piden seguir sirviendo… Y cuando ha hecho todo lo mandado, ha de decirse: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. El sentido de esta pobreza humana radica en que, con el don que servimos, lo hemos recibido. Si nos falta el don somos nada.   
 
Señor: te presentamos este domingo nuestra fe diminuta, ni siquiera comparable a un granito de mostaza. Danos la gracia de que aumente, y que podamos apoyarnos en ella para servir en tu Reino.
 
1. ¿Cómo está mi fe? ¿La reavivo cada día?
2. ¿Por qué la fe, sin vida comunitaria, se debilita?
3. ¿Cómo doy testimonio de la fe que profeso?