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ABRIR EL PASO QUE LLEVA A LA SALVACIÓN Y DAR LAS LLAVES DEL CONOCIMIENTO.

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EVANGELIO DE HOY: 13/10/22 (Lc 11,47-54).

Hay dos elementos, en el pasaje de este día, que Jesús denuncia en los maestros de la Ley: “la muerte de los profetas” y “haberse quedado con las llaves del saber”.
 
La sangre del profeta es muy dolorosa para el Señor; guarda memoria de ésta, por eso el texto afirma que se pedirá cuenta por ella desde Abel hasta Zacarías “la primera y última muerte a las que se hacen referencia en la Biblia hebrea”. También nosotros, como pueblo, tenemos memoria de hombres y mujeres sembrados en nuestra historia. Pudiéramos hacer una amplia descripción y constatar, con numerosas evidencias, la ironía con que nuestra sociedad ha matado a los profetas y luego les distinguen con homenajes.
 
Rechazar la profecía y rechazar al profeta es la misma cosa. La fuerza profética se centra en la Palabra. La profecía colecciona los gritos y los dolores de la gente y los transforma en denuncia. La profecía también distingue la esperanza, la olfatea en medio a malos olores y la da a conocer. Ella grita, descubre, señala, hace ver lo que parece estar escondido. Ni el profeta ni la profetisa tienen miedo. Les asiste el fuego del Espíritu, transformado en don de fortaleza.
 
Observemos un detalle, con “matar a los profetas” y “quedarse con las llaves del saber”, Jesús denuncia aquello que cierra el paso a la salvación de las personas. Han intentado bloquear el camino que lleva a Dios. Una sociedad sin profecía es una sociedad anestesiada y, sin conocimiento, habita en la oscuridad.
 
Nosotros también rechazamos la voz profética cuando no la escuchamos con atención y no hacemos caso de sus advertencias. Nos quedamos con las llaves del saber cuando no compartimos la ruta hacia al cielo, ni el conocimiento que lleva a la vida. Es duro partir de este mundo y llevar los saberes a donde no se van a necesitar. No se puede retener ni encerrar aquello que hace bien a los demás en su peregrinar hacia Dios, hacia la verdad, hacia la luz.
 
Cada uno sabrá si lleva algo empuñado en su mente, en su corazón, en sus manos. De hecho, lo que no se comparte o se nos vence o se nos olvida. Jesús nos enseña a soltar las llaves, porque Él desea que todos y todas entremos al peregrinar hacia el Reino.   
 
Señor: nosotros no queremos cerrar el paso a nadie que quiera entrar, que te quiera conocer, que busque la comunidad. Todo lo contrario, dispondremos nuestras llaves en lugares cada vez más asequibles, para que todos puedan venir a esta fiesta de comunión y participación por tu Reino. Danos la gracia de acoger la profecía, esa que nace en el seno de tu Iglesia, dentro, y que brota por amor a tu Reino.
 
1. ¿Cómo nace y por qué el rechazo a la profecía?

2. ¿Por qué la voz profética, escuchada, nos desinstala y nos planta otra vez?

3. La denuncia de Jesús a los maestros de la ley recuerda un viejo refrán nuestro: “Ni lava ni presta la batea”; ¿qué le dice este mensaje a mi vida?