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EN LA ESCUELA DE LA ALTAGRACIA

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LECTURAS DE HOY: 21/1/23.
(Is 7,10-15; Lc 1,46-55; Gal 4,1-7; Lc 1,26-38).

En esta solemnidad de Nuestra Señora de la Altagracia, protectora del pueblo dominicano, le pedimos a nuestra Madre espiritual para que nos eduque e introduzca en:

Su silencio:

en este momento donde el bombardeo de pensamientos invade las mentes y perturba los corazones. Cuando el mucho hablar se ha convertido en rutina, y donde la ansiedad provoca gritar más alto, te pedimos, Madre nuestra que nos enseñes a hacer silencio. Ese silencio respetuoso de quien sabe que Dios está presente y tiene una palabra que decir. Necesitamos hacer ese silencio para encontrarnos con nosotros mismos, con Dios, con los demás, con toda la creación. Danos de ese silencio que nos hace personas adultas en la fe. Madre buena, sin experiencia de silencio no tendremos nada importante que decir.

Su escucha:

cuando hay tantos ruidos y voces, nosotros queremos aprender a discernir la voz de Dios, para no escuchar cualquier cosa. Así te contemplamos, atenta, con labios cerrados y corazón abierto. Los oídos dispuestos para recibir la Palabra que entra y se conserva en el interior. Bendita la mujer y bendito el hombre que como tú, priorizan y escogen lo que preservan dentro. Queremos la escucha, Madre, que lleva a la obediencia, porque Dios está con nosotros. El Enmanuel nace hoy y nace siempre.

Su humildad:

esta es la más alta de todas las virtudes. A ti, te han puesto la corona, por ser Madre del Rey; pero qué bien coronada está la mujer que ha sabido inclinar la cabeza y mantener su corazón en paz, sin pretensiones ni apariencia. Enséñanos ese camino, Señora nuestra, de saber cuál es nuestro lugar en esta historia, y reconocer la grandeza de nuestro Dios, una grandeza que se abaja para que podamos alcanzarla desde nuestra pequeñez.

Su oración:

el silencio, la escucha, la humildad, son el reflejo de la oración. Tu oración, Señora nuestra, nos muestra la base de la adoración. Ese es tu mensaje, y esa es tu escuela: adoren al Hijo. Él es fuente de alegría, de plenitud. Él llena de gracia la tinaja del corazón; nutre de sentido la existencia. La adoración nos permite, en la enseñanza mariana, que el Espíritu descienda, que la fuerza del Altísimo nos cubra, y que Jesús nazca dentro. No queremos postrarnos ante becerros de oro, los que nos distancian de la verdad plena. Deseamos ojos fijos, corazón centrado para Jesús y para los hermanos.

Su servicio:

de nada sirve la vida sino para darla y gastarla por el Reino. Por eso, Madre, en tu santo manto nos cargas, nos llevas, nos sostienes como estrellitas de luz, alimentadas por la Luz mayor de tu Hijo.  Tus manos se unen y tus manos se abren para dar y recibir. En tu casa, sin puertas, siempre cabe uno más. Protégenos, no sólo de catástrofes, sino de la pereza, de la indiferencia, de la vida cómoda, sin compromiso, de la falta de caridad. Que contigo, Madre nuestra, podamos cantar que el Señor ha hecho, por medio de nosotros, grandes cosas, porque santo es su nombre. Virgen de la Altagracia, ¡ven con nosotros a caminar!