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RECONOCER Y ACOGER LA GRACIA DE DIOS.

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EVANGELIO DE HOY: 23/1/23 (Mc 3,22-30).

Jesús se encuentra hoy ante una situación de blasfemia contra el Espíritu Santo. Algunos letrados de Jerusalén consideraron que Jesús tenía dentro a Belzebú y que expulsaba a los demonios con el poder del jefe de los demonios. ¿Qué es la blasfemia? El Catecismo de la Iglesia nos dice que ésta se opone directamente al segundo mandamiento (No tomarás el Nombre de Dios en vano). Consiste en decir cosas contra Dios interna o externamente; es despreciarlo, faltarle al respeto en las expresiones, abusar de su Nombre y de todo lo que venga de Él (Cf. 2148).
 
En el pasaje bíblico, la blasfemia se muestra en la actitud de los letrados, pues no reconocieron la fuerza del Espíritu Santo actuando en Jesús; hicieron una mala interpretación de su obra. No admitieron que la actuación del Señor buscara la salvación, y que Él haya venido en Nombre de Dios. Con esta manera se estaban cerrando a la gracia, promoviendo, al mismo tiempo, que otros también lo hicieran con sus difamaciones.
 
El Señor les fundamentó con la interrogante “¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?”; blasfemia es no reconocer la fuerza trinitaria nacida por la unión y el amor; la que permitió atar al “forzudo”, siendo Jesús la fuerza de salvación, capaz de vencer al enemigo y dejarlo perdido ante su presencia.
 
¿Cómo caemos hoy en el mal de la blasfemia?: cerrándose a la gracia que se nos da mediante Aquel que no hizo sacrificio con sangre ajena, Cristo. No identificando que Dios opera dentro de nosotros y en las demás personas por más caótica que sea la circunstancia. Cuando renegamos del Señor por situaciones duras, sin discernir con los ojos de Dios la realidad que nos toca asumir. Cuando atribuimos a otros la bendición que nos llega de parte de Dios…
 
Se nos invita, a abrir las puertas del corazón, y la puerta de la familia, al Señor que llega a reparar toda división e individualismo, con la fuerza y la gracia del Espíritu Santo.
 
Señor, que podamos reconocerte y acogerte a ti.

  1. ¿Sé ponerle nombre a la actuación del Espíritu en mi vida?
  2. ¿Reconozco la mano de Dios operando en las demás personas?
  3.  ¿Cómo el Señor me enseña a ponerle fin a las divisiones internas, en mi vida, en mi familia, en mi comunidad?