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LA PALABRA COMO CERCANÍA DE DIOS.

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LECTURAS DE HOY: 15/3/23. (Dt 4,1.5-9; Sal 147; Mt 5,17-19).

En la primera lectura, Moisés cuestiona al Pueblo diciéndole “¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros…?”. Y es que Dios, desde antiguo, se dio a su Pueblo hecho Palabra oral o escrita. Los hombres y las mujeres de la Biblia fueron los canales donde Él llegó a la conciencia y al corazón de la gente. Esos personajes bíblicos dieron todo de sí, a pesar de sus limitaciones y su poco entender; se entregaron para que lo invisible se tornara visible y el ser humano no se perdiera. Dios no tuvo ningún interés en quedarse escondido, oculto, inaccesible.
 
La Ley, en Antiguo Testamento, era el recurso más factible para que la gente pudiera caminar en gracia. Por eso, ella es respetada por Jesús. Nos lo dice claro: “No crean que he venido a abolir la ley o a los profetas… sino a dar plenitud”. Jesús nos trae de Dios lo que sólo Él podía darnos. Con la luz del evangelio nos perfecciona para alcanzar no sólo la cercanía con Dios, sino la unidad con Él. Por eso es tan importante dejarnos conducir, aunque implique renuncia y sacrificio.
 
El Señor no quiere que acojamos un porcentaje de su Palabra. Sino que nos tornamos, en Él, Palabra perfecta. Si cada día estamos meditando sus enseñanzas, no es para que nos saltemos algunas líneas y acojamos otra, sino para que la bebamos toda. Contra toda tendencia humana a acomodarnos, a relativizar, Jesús nos invita a dar el salto de confianza y abandono. Quien salta versículos, versículos saltados enseña a los demás.
 
En la Palabra de Dios nada está faltando y nada está sobrando. Todo es importante. Por eso es urgente leer despacio. La prisa es enemiga de la interioridad. Se nos pide detenernos para que la meditación pueda hacer efecto en el corazón y transformarlo. Es hermoso el pensamiento que san Pablo recupera del Antiguo Testamento para aplicarlo a nuestros días: “Cerca de ti está la Palabra, en tu boca y en tu corazón” (Rm 10,8).
 
El Salmo 147 nos invita a glorificar al Señor. Él envía su mensaje a la tierra, y su Palabra corre veloz. Le gusta obrar así. Estemos atentos a su voluntad, pasa todos los días, y no desea seguir de largo. Ella quiere ser farol y memoria en cada corazón, luz para el camino. ¿Qué estoy esperando para escucharla, amarla, conocerla y vivirla, como nos hace bien?
 
Señor: que con tu Palabra, con tu Cuerpo y con tu Sangre, podamos entrar a la tierra que nos tienes prometida. Danos el valor de seguir tus enseñanzas, y muéstranos la dulzura de serte fiel. Si vivir tu Palabra es la negación de uno mismo, queremos negarnos en este mundo y tener un espacio reservado en el Reino que nos prometes.

1. ¿Cómo estoy leyendo, meditando la Palabra? ¿Hay un antes y un después luego de haber entrado en intimidad con Ella? 
2. ¿Mi corazón está resistente o dócil a dejarse transformar por la Palabra? 
3. El Antiguo Testamento nos presenta una imagen de Dios: ¿he dejado, en mí, que Jesús perfeccione dicha imagen? 
4. ¿Cómo la Palabra me capacita para tornarme, al comulgar, hostia viva en Cristo Jesús?