Mar. Abr 16th, 2024

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EN EL CORAZÓN DE LA MISERICORDIA.

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LECTURAS DE HOY: 16/4/23
(Hch 2,42-47; Sal 117; 1P 1,3-9; Jn 20,19-31).

Este II Domingo de Pascua celebramos la fiesta de la Divina Misericordia. La palabra la misericordia nos remite al “vientre”, “útero”, “entrañas” de Dios. Vivimos y existimos en el corazón de la misericordia. Ésta no es una propiedad divina que nos llega desde fuera, como un elemento externo. Estamos sumergidos dentro, en su fuente. Cuando respiramos, lo hacemos por misericordia. Alguien nos provee el aire, la vida, la existencia. Somos acogidos en las entrañas divinas; Dios nos garantiza el alimento necesario.
 
Las lecturas de este día nos permiten considerar cómo se refleja la misericordia en lo cotidiano. En los Hechos, la vida comunitaria evidencia las entrañas de Dios. La comunidad, como útero divino, garantiza el alimento, la vida, el sentido de la existencia, mediante la unidad en torno a la Palabra, la fracción del pan, la oración, la alegría, y la solidaridad…
 
La primera carta de Pedro nos relata el profundo misterio de la resurrección del Señor y la misericordia. Ante esto cabe expresar: ¡Bendito sea Dios! Porque es la misericordia que nos hace nacer a una vida nueva, para una esperanza viva. La misericordia, entonces, nos abraza por dentro y por fuera. No sólo se manifiesta en signos visibles, también invisibles y reales, haciendo eficaz el paso de la muerte a la vida.
 
El evangelio nos muestra, en Jesús resucitado, el rostro de la misericordia. La misericordia llega a la noche de los discípulos que estaban encerrados y con miedo. Con el Señor amanece la fe. Llega la paz. La paciencia del Señor en el proceso creyente de los discípulos es muestra de su misericordia. No es fácil para nuestra condición humana asimilar tanto amor. Por misericordia, el Señor se da, exige, y espera; empuja a dar pasos con la fuerza del Espíritu.
 
La pedagogía de la misericordia se deja sentir, cuando Jesús le dice a Tomás, “trae tu dedo…”, “trae tu mano”… El Señor nos deja palpar la misericordia para convencernos de una vez que Él no es un fantasma, sino una persona viva y real.
 
Ojalá podamos expresar en los espacios cotidianos de nuestras vidas, cuando nos sintamos visitados, de manera especial, por la misericordia: “Señor mío y Dios mío”. Te damos gracias porque eres bueno, porque es eterna su misericordia.
 
1. ¿He tenido experiencia de mi propia miseria siendo acogida en el corazón amoroso de Dios?   
2. ¿A qué me compromete el haber experimentado la misericordia de Dios? 
3. Si Dios se me da, aunque no merezca, por su misericordia; ¿cómo manifiesto, en mi relación con los demás, ser una persona misericordiosa?