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“¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!”

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EVANGELIO DE HOY: 3/7/23 (Jn 20,24-29).

Hoy celebramos la fiesta de Santo Tomás, Apóstol. Es uno de los Doce discípulos de Jesús (Mt 10,3); identificado con el apodo del “Mellizo”. Su personaje tiene realce en el evangelio de Juan: motiva a sus hermanos de comunidad a acompañar a Jesús y a morir con Él (Jn 11,16); interviene cuando cuestiona al Señor: “No sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?” (Jn 14,5). Se encuentra presente en el episodio de la pesca milagrosa (Jn 21,2). Pero lo más relevante de él, lo concentra el pasaje que meditaremos este día.
 
“¡Señor mío y Dios mío!”: es una consistente declaración de fe, que viene a enfocarnos y a decirnos la cima creyente a la que debemos llegar. Tomás, que ha pasado a ser objeto de duras críticas, en diversas predicaciones, nos ha ofrecido una extraordinaria fórmula para profesar nuestra fe.
 
Como a Tomás, en ocasiones, la negatividad nos acecha y nos parquea: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Compartimos con el discípulo nuestras cegueras. Igual que él, vemos, y es como si no nos viéramos. Se nos entorpece el pensamiento y el entendimiento. Se nos apaga la memoria. Las afirmaciones que hicimos hace algún tiempo, se vencen y caducan.
 
La fe madura pasa por un proceso, y cada discípulo la experimenta de forma diferente. Jesús le ofrece a Tomás, como a los otros, un acompañamiento personalizado. Se detiene en la laguna que lo sumerge, lo hunde y no le deja avanzar. El Señor lo rescata. Se acerca a sus necesidades. Lo hace vivir una experiencia; esa experiencia profunda sin la cual nosotros estaríamos en el aire. Jesús no lo abandona hasta arrancar del corazón esa profesión tan hermosa y tan fundamental: “¡Señor mío y Dios mío!”.  
 
Se nos invita a cada uno de nosotros a vivir la experiencia de Tomás, en nuestras vidas. El Mello nos sirve de paradigma. Hoy también Jesús llega a nuestro corazón cerrado. Él toca nuestras puertas. Se encuentra allí, en el centro profundo de nuestra existencia.

Él se hace presente en la Eucaristía, en los amigos, en la soledad habitada del Espíritu. El Señor nos permite tocarlo. Lo tocamos con la respiración, con el ejercicio humilde de las virtudes, con el fuego del amor que nos trae su presencia. El Señor está ahí; dejándose manosear por nuestra débil condición. Nos recupera. Y también, como a Tomás, nos interpela y cuestiona, para que no desconfiemos: “No seas incrédulo, sino creyente”.
 
Señor, deseo profesar por mi boca, y en mi corazón, esta alabanza incesante: “¡Señor mío y Dios mío!”. Así se purifica mi alma. “Señor mío”; porque eres mi dueño, a quien me esfuerzo por obedecer. “Dios mío”; porque, al mismo tiempo, también es eres mi Dios. Es una confesión personalizada, porque cada uno ha de experimentarlo de manera auténtica. Gracias, Señor, por tu paciencia. Gracias por impulsarme a madurar en la fe, y llegar a creer sin ver.
 
1. ¿Mi fe ha ido madurando? ¿Cómo lo noto? 
2. ¿Todavía necesito “muletas” para caminar en fe? 
3. ¿Cuáles serían esas “muletas” o “agarraderas”, porque no se da el paso a creer sin ver?   
4. ¿El Señor, hoy, te cuestiona la incredulidad o se admira por la madurez de tu fe?
5. ¿Por qué, cuando no hay fe, las puertas del corazón están cerradas?
6. ¿Por qué, con la fe, viene la paz?
7. ¿Hoy, quién es mi Señor, y quién es mi Dios? ¿Cómo sostengo esto de manera coherente?