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¡Me sedujiste, Señor!

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Esta frase, que muchas veces cantamos a la hora de la comunión, la oí por primera vez en una iglesia en Miami, en un verano en que estaba de visita con la familia. Y me puse a llorar como una “tonta”, y es que esa letra me transforma, este canto de adoración me fascina.

Es Jesús quien me llama y yo no puedo decirle que no. Debo seguirle, como lo siguieron los primeros discípulos. Y a pesar de que a veces me cuesta, no puedo dejar de seguirle. Señor, ¿qué quieres que haga por Ti?

Me has seducido, Señor. Es imposible conocerte y no amarte, es imposible amarte y no seguirte, es imposible, Señor. Señor, yo te sigo, y quiero darte lo que pides, aunque a veces me cuesta darte todo. Tú lo sabes, yo soy tuya. ¡Camina, Señor, junto a mí!

El profeta es quien pronuncia estas palabras que dan nombre al artículo, y él le agregaba que sus palabras resultaban para él oprobio y desprecio todo el día. Y dijo: “No me acordaré de Él, no hablaré más en su nombre, pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos, intentaba contenerlo, y no podía”.

Todas las lecturas de hoy reflejan el amor de Dios por nosotros y cómo nuestra alma tiene sed del Dios vivo. De ti, Señor, Dios mío.

El Salmo 62 es un regalo para mi corazón y siempre repito: “Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré de enjundia y de manteca y mis labios te alabarán jubilosos. Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo, mi alma está unida a ti y tu diestra me sostiene”.

Todas las lecturas de hoy son una alabanza al Señor que nos ha creado y San Pablo nos pide presentar nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios y nos pide también que transformemos al mundo para la renovación de la mente, para que sepamos discernir cuál es la voluntad de Dios. ¡Amén!